Llevaba días cruzándome con los cormoranes grandes (Phalacrocorax carbo), viéndolos pasar volando río arriba o río abajo con ese rumbo tan suyo, atravesando el paisaje sin detenerse. Pero hoy la estampa ha cambiado por fin. He contado hasta cuatro ejemplares posados en el cauce, repartidos entre las piedras y el agua. Ya no iban de paso; uno estiraba las alas sobre los cantos, otro avanzaba despacio y los demás permanecían tranquilos, integrados del todo en el río. Con el frío a la vuelta de la esquina, su presencia por aquí se alargará hasta bien entrada la primavera.
Muy cerca de allí, el contraste lo ponían los que llevan meses aguantando el tipo. Todavía quedan tres chorlitejos chicos (Charadrius dubius) correteando entre las gravas, apurando los últimos compases de una temporada que arrancó allá por marzo. Uno lleva la anilla; consultando su historial, se sabe que es una hembra anillada hace cinco años en Montcada i Reixac. Ese simple distintivo convierte al ave en una vieja conocida, con una historia individual y un seguimiento que viene de lejos. Una especie estival que dentro pocos días se marchará.
| Los cormoranes grandes (Phalacrocorax carbo) han decidido posarse e instalarse en el cauce, rodeados por la concentración de gaviotas habitual en el tramo de Sant Adrià. |
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| Las aguas someras del del Besòs, donde se mezclan las aves que se van y las que llegan para pasar el invierno |









