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FotoBirding en Sant Adrià de Besòs
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viernes, 24 de abril de 2026

Encuentro con el pequeño halcón: Cernícalo primilla


Hay jornadas en el campo que se quedan grabadas, y mi última visita a los Aiguamolls de l’Empordà fue una de ellas. Entre canales, prados y cielos abiertos, apareció una de esas especies que siempre elevan cualquier salida: un Cernícalo primilla (Falco naumanni).

El ejemplar, como se aprecia en la imagen, es un macho adulto. La identificación resulta bastante clara: cabeza gris azulada limpia, dorso rojizo sin moteado negro y ese porte fino y elegante que lo diferencia de su pariente más común, el cernícalo vulgar. Observándolo posado sobre el cable, con esa mirada concentrada, transmite una mezcla de calma y precisión que define perfectamente a la especie.

Uno de los detalles más interesantes del avistamiento fue comprobar que el ave estaba anillada. En la pata se distingue una anilla de lectura a distancia, lo que indica que forma parte de un programa de seguimiento científico. Este tipo de marcaje es clave para entender mejor sus movimientos migratorios —ya que pasan el invierno en África subsahariana—, así como su fidelidad a zonas de cría y dispersión.

Tras registrar la observación en el portal de “Les Marques Especials”, apareció un aviso importante: al tratarse de una especie sensible, las coordenadas exactas no se muestran y la localización en el mapa se presenta de forma imprecisa. Este tipo de medidas son fundamentales para su conservación.

El cernícalo primilla ha sufrido un declive significativo en las últimas décadas, principalmente por la pérdida de hábitat y la desaparición de lugares adecuados para nidificar, como construcciones tradicionales o cavidades. Por ello, proteger la información sobre su localización no es una limitación, sino una herramienta más para garantizar su futuro.

Este encuentro deja fotografía, y una reflexión: observar la naturaleza implica responsabilidad. Disfrutarla, documentarla y, cuando es necesario, también saber guardar ciertos secretos. Me da la sensación de haber presenciado algo especial este pequeño halcón. 
 
Cernicalo primilla. Falco naumanni. Xoriguer petit. Lesser kestrel.
 

El individuo es un macho adulto: cabeza gris azulada bien definida, dorso rojizo sin moteado negro y aspecto más ligero que el Cernícalo vulgar. Se dejó ver posado en cable, activo y vigilante. 

 

Anilla  8|52 

La presencia de esta rapaz hoy es un pequeño triunfo, ya que la especie llegó a desaparecer del Empordà en los años 80 y su recuperación actual es fruto de intensos programas de reintroducción iniciados a finales de esa década. A diferencia del cernícalo vulgar, el primilla es fundamentalmente insectívoro, alimentándose de grandes saltamontes y grillos, lo que lo convierte en un aliado esencial de la agricultura local como plaguicida natural. El marcaje con anillas de PVC, como la que porta este ejemplar, suele estar vinculado a proyectos de cría y seguimiento en colonias monitorizadas, donde el uso de cajas nido y silos adaptados ha sido clave para suplir la falta de huecos en construcciones antiguas.

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📍 Lugar: Parc Natural dels Aiguamolls de l'Empordà 
📅 Fecha de observación: 14 de abril-2026
🌡️Clima :  🌤️ Mayormente despejado; Temp.Máx.17°C/ Mín.11°C; 
📷  Equipo foto : Canon R7 + Obj. 100-500 RF
🔗 Link en este blog :Aiguamolls de l'Empordà
©️ Todas las imágenes  PacoTorres

jueves, 23 de abril de 2026

Geografía ornitológica : El fin de los mitos

III: El fin de los mitos. El caso de la “Pfeilstorch”. 


Durante buena parte de la historia europea, el invierno no solo vaciaba los campos y los humedales: también dejaba un vacío intelectual difícil de asumir. Las aves desaparecían sin dejar rastro y, ante la imposibilidad técnica de seguirlas, el pensamiento naturalista optó por soluciones que hoy consideramos erróneas pero que entonces encajaban dentro de una lógica aceptable. Aristóteles (384–322 a.C.), en su Historia Animalium, defendía en Grecia que no existía tal desaparición, sino una transformación estacional: el colirrojo real (Phoenicurus phoenicurus) “pasaba a ser” el petirrojo (Erithacus rubecula) con la llegada del frío. Siglos más tarde, en Suecia, autores como Olaus Magnus (1490–1557) describían en su obra de 1555 escenas en las que las golondrinas (Hirundo rustica) se agrupaban en masas compactas para sumergirse en el lodo de lagunas y ríos, entrando en una suerte de hibernación acuática. Y en el ámbito más especulativo, el clérigo inglés Charles Morton (1627–1698), hacia 1680, llegó a calcular el tiempo que tardarían las cigüeñas en viajar hasta la Luna para pasar allí el invierno.

Incluso durante el Siglo de las Luces, la resistencia a la idea de la migración era feroz. El mismísimo Carl Linneo(1707–1778), padre de la taxonomía moderna, seguía sosteniendo en su Systema Naturae (1758) que las golondrinas pasaban el invierno bajo el agua en los países del norte. Era tal el debate en la Inglaterra de mediados del siglo XVIII que figuras como Gilbert White (1720–1793), el célebre naturalista de Selborne (Hampshire, Inglaterra), pasaron años escudriñando los acantilados y los techos de las iglesias buscando aves dormidas. Se cuenta que incluso se llegó a financiar a pescadores británicos para que arrastraran sus redes por el fondo de los ríos en pleno enero, con la esperanza de extraer "racimos de golondrinas" en letargo. Evidentemente, solo encontraban fango y restos vegetales, pero la falta de una prueba alternativa mantenía viva la leyenda de la hibernación.

Ese marco teórico comenzó a resquebrajarse de forma abrupta el 21 de mayo de 1822, en las inmediaciones de Bothmer, en el estado de Mecklemburgo (Alemania). Allí fue recuperado un ejemplar de cigüeña blanca (Ciconia ciconia) que presentaba una anomalía imposible de encajar en las teorías vigentes: una lanza de madera, de aproximadamente 75 centímetros, atravesaba longitudinalmente su cuello. El ave había sobrevivido a la herida y, lo que es más significativo, había completado su viaje de retorno hacia Europa central.

 


 

El análisis del objeto resultó decisivo. La morfología de la punta, el tipo de madera y la técnica de ensamblaje no correspondían a ninguna tradición europea. El barón Christian Ludwig von Bothmer (1773–1848), quien examinó el hallazgo en sus tierras, pudo determinar que todo apuntaba a un origen en regiones del África subsahariana, posiblemente de la zona de Sudán o Etiopía. Aquella cigüeña —la primera Pfeilstorch, literalmente “cigüeña de flecha”— se convirtió en una evidencia empírica imposible de refutar: el animal no había hibernado ni se había transformado; había recorrido miles de kilómetros entre continentes.

La importancia del hallazgo no reside únicamente en su carácter anecdótico, sino en su valor metodológico. Por primera vez, un elemento externo actuaba como marcador geográfico inequívoco. La flecha funcionaba, en términos modernos, como un dispositivo de seguimiento pasivo: vinculaba de manera directa un punto de origen africano con un punto de recuperación europeo. Este tipo de evidencia material introducía una variable completamente nueva en el estudio de la avifauna: la trazabilidad individual.

A partir de ese momento, la discusión dejó de ser filosófica para convertirse en empírica. La migración pasó a interpretarse como un fenómeno biogeográfico, condicionado por gradientes climáticos, disponibilidad de recursos y estrategias energéticas. La cigüeña de 1822 no solo invalidaba la hibernación en el lodo o las migraciones “extraterrestres”; obligaba a replantear el mapa mismo del mundo natural como un sistema interconectado.

El ejemplar, conservado hoy en la Colección Zoológica de la Universidad de Rostock, en Alemania, no fue un caso aislado. A lo largo del siglo XIX se documentaron cerca de 25 casos de Pfeilstörche en lugares como Hamburgo o las cercanías de Berlín, consolidando un patrón repetible. Cada nuevo registro reforzaba la hipótesis migratoria y debilitaba definitivamente las interpretaciones tradicionales.

Este cambio de paradigma tuvo consecuencias directas en la metodología científica. Si un proyectil podía proporcionar información sobre el origen de un ave, era razonable desarrollar sistemas de marcaje diseñados específicamente para ese fin. Así, a finales del siglo XIX, el profesor danés Hans Christian Mortensen (1856–1921), en la localidad de Viborg(Dinamarca), introdujo el uso sistemático de anillas metálicas numeradas a partir de 1899. Con ellas, la migración dejó de ser un fenómeno inferido para convertirse en un proceso cuantificable, susceptible de análisis estadístico y cartográfico.

 

A mediados del siglo XIX, apenas tres décadas después del hallazgo de la Pfeilstorch, la geografía ornitológica ya era capaz de trazar este complejo entramado de rutas transcontinentales. Lo que antes era un vacío de conocimiento llenado por mitos, aquí se presenta como una red científica de corredores biológicos que conectan ambos hemisferios. Grabado de Henry Winkles para el Bilder-Atlas de Johann Georg Heck (Leipzig, ca. 1850). Este mapa representa uno de los primeros esfuerzos cartográficos por sistematizar las rutas migratorias globales tras el colapso de las teorías de la hibernación.

 

En términos de geografía ornitológica, la transición es radical. El espacio aéreo, antes percibido como un vacío entre puntos aislados, se revela como una red de corredores biológicos que conectan regiones tan distantes como Europa central y el África subsahariana. Las aves ya no son habitantes estáticos de un territorio, sino vectores ecológicos que enlazan ecosistemas, transportan energía y redistribuyen biomasa a escala intercontinental.

 

National Geographic: Mapa de  migración de aves, del hemisferio oriental.

 

El fin de los mitos, por tanto, no implica una pérdida de fascinación, sino un desplazamiento del asombro hacia terrenos verificables. La imagen de una cigüeña cruzando el Mediterráneo y el Sáhara con una lanza incrustada en el cuello no necesita adornos: es, en sí misma, una demostración de hasta qué punto la biología puede superar los límites que durante siglos se le atribuyeron. La Pfeilstorch no solo cerró una etapa de especulación; inauguró una forma de entender la naturaleza basada en evidencia, medición y conexión global.

 

sábado, 18 de abril de 2026

Una rascletó se deja ver por el Besòs



No siempre hace falta irse a grandes reservas naturales para encontrar joyas. A veces, la ornitología de primer nivel ocurre al lado de casa, en nuestro Parc Fluvial del Besòs.
Miguel (Micaletjg en instagram)  ha localizado hoy un ejemplar de polluela bastarda (Zapornia parva) en pleno tramo fluvial. Es muy probable que sea el mismo ejemplar que se detectó hace unos días por la desembocadura.
 
Miguel la describe perfectamente: desde la margen opuesta del río Besòs la observa y dice que es como una "bolita de pelo blanco", del tamaño de un patito recién nacido, que aparece y desaparece como por arte de magia. Tras verla un instante, le ha tocado aguantar el tipo más de una hora de reloj hasta que el ave ha decidido confiar en el entorno y volver a asomar entre la vegetación.

Es ese momento de tensión y silencio el que define nuestra afición. La Polluela bastarda ( Rascletó en catalán ) no es una rareza pero solo unas pocas se detectan cada año. 

Desde aquí quiero agradecer enormemente a Miguel el reportaje fotográfico que se ha currado. En un entorno con tanto trasiego como el Besòs, conseguir fotos de un ave tan "fantasmagórica" y esquiva tiene un mérito increíble. Gracias a su perseverancia, podemos disfrutar de este registro de una especie que, aunque está de paso, siempre es un regalo para la vista.

Habrá que seguir atentos a los margenes del río , porque  está dando buenas cita ornitológicas esta temporada.

 


El ave asoma la cabeza desde la densa cortina de carrizos, ese hábitat donde la polluela bastarda se mueve como pez en el agua. La poca luz y el movimiento rápido hacen difícil la captura, pero ya se intuye la forma de su cuerpo menudo

Seguramente busca pequeños invertebrados o larvas. Su postura es baja y sigilosa, muy distinta a la forma de picotear de un pato. Se aprecian las patas, finas y verdosas, perfectas para no hacer ni un solo chapoteo.
Es la postura de sentirse observada o escuchando un ruido. Inmovilizada estira el cuello para otear sin ser vista, confiando en su mimetismo.
 


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📍 Lugar :  Parc Fluvial Besòs - Sant Adrià de Besòs 
📅 Fecha de observación:  18 de abril-2026
🌡️CLIMA : 🌤️ Mayormente soleado (Máx. 23°C / Mín. 15°C)
📷 Equipo foto : Nikon Z8  + Obj. 180-600 mm x 1.4
©️ Todas las imágenes  Miguel JG.

viernes, 17 de abril de 2026

Geografía ornitológica : Los Clásicos


II. Los Clásicos – Aristóteles y Plinio ante el Enigma Alado

El mapa del mundo  entre el 150 y el 160 a. C. 




Para comprender las aportaciones —y también los errores— de Aristóteles(384 a. C. – 322 a. C.)  y Plinio el Viejo (23 d. C. – 79 d. C.), vivieron con 400 años e diferencia. La Antigüedad no carecía de inteligencia ni de método; carecía de escala. Ese matiz lo cambia todo.
 
El concepto de ecúmene definía un mundo habitable finito, rodeado por un océano incierto. Más allá de ciertos límites —el Sáhara, el norte europeo, las tierras orientales— comenzaba una geografía difusa, construida tanto con datos como con imaginación. En ese contexto, observar la naturaleza era posible; explicarla en términos globales, no.

Y, sin embargo, había hechos imposibles de ignorar. Cada año, con una regularidad casi matemática, algunas aves aparecían en primavera, ocupaban el paisaje durante el verano y desaparecían en otoño. No morían —no había cuerpos—, simplemente dejaban de estar. Al mismo tiempo, otras especies emergían en invierno, ocupando nichos sorprendentemente similares. El patrón era claro, repetitivo, casi mecánico. Pero su explicación exigía aceptar algo que el mundo clásico no podía sostener: que existían regiones simultáneamente opuestas en clima, que un ave de apenas unos gramos podía recorrer miles de kilómetros y que el mundo era, en realidad, continuo y no fragmentario.
La observación era correcta. La interpretación, inevitablemente, no lo fue.

En ese escenario aparece Aristóteles, cuya obra Historia Animalium marca un punto de inflexión. No estamos ante un recopilador de curiosidades, sino ante el primer intento serio de entender el mundo animal como sistema. Aristóteles observa, compara, clasifica y, sobre todo, intenta explicar. Su mirada no se detiene en el “qué”, sino que avanza hacia el “por qué”.
 

Su método —basado en la observación directa, el testimonio de quienes convivían con la naturaleza y la comparación anatómica— le permitió identificar relaciones que hoy siguen siendo válidas: la forma del pico en función de la dieta, la estructura del ala en relación con el tipo de vuelo, o el vínculo entre comportamiento social y estrategia de supervivencia. En términos modernos, estaba construyendo una proto-ecología funcional.

También intuyó algo aún más relevante: que las especies no están distribuidas al azar. Algunas aves se asocian a humedales, otras a bosques, otras a espacios abiertos. La disponibilidad de alimento condiciona la presencia. Sin formularlo explícitamente, estaba sentando las bases de la biogeografía.

Pero es precisamente cuando intenta explicar la desaparición estacional de las aves cuando su sistema se tensiona. La golondrina —Hirundo rustica— se convierte en un problema. Aparece, desaparece y reaparece. No deja rastro en su ausencia. Ante este fenómeno, Aristóteles propone dos soluciones: la hibernación y la transmutación.

La primera sostiene que ciertas aves entran en un estado de letargo, ocultándose en cavidades, cuevas o incluso bajo el agua. La segunda, más audaz, plantea que algunas especies no desaparecen, sino que se transforman en otras. El caso paradigmático es el del colirrojo real (Phoenicurus phoenicurus) y el petirrojo (Erithacus rubecula). Ambas aves comparten tamaño, tonalidades rojizas y nichos similares en distintas estaciones. Cuando una desaparece, la otra aparece. Para Aristóteles, la conclusión era coherente: no eran dos especies, sino dos fases de una misma entidad.

Desde la perspectiva actual, el error es evidente. Pero lo interesante no es el fallo, sino su lógica interna. Aristóteles no se equivoca por ignorancia, sino por coherencia. Ante la imposibilidad de concebir desplazamientos de miles de kilómetros, la transformación biológica resulta una solución parsimoniosa. Reduce incógnitas, mantiene la consistencia del sistema y evita introducir elementos geográficos desconocidos. Es, en esencia, un error de escala.

Hoy sabemos que el colirrojo es migrador transahariano y que el petirrojo es residente o migrador parcial en Europa. No hay transformación, sino sustitución ecológica. Pero esa explicación requiere un mapa del mundo que Aristóteles no tenía.
 
La teoría de la hibernación sigue una lógica similar. Basada en observaciones reales —aves debilitadas por el frío, individuos ocultos en refugios— se convierte, por extrapolación, en una explicación general. El problema no está en la observación, sino en su extensión indebida. De casos individuales se infiere un comportamiento poblacional. Y esa inferencia, durante siglos, bloqueó la investigación sobre la migración: si las aves no se van, no hay nada que buscar.

Con Plinio el Viejo el problema cambia de forma. Su Naturalis Historia no pretende explicar el mundo con precisión, sino abarcarlo en su totalidad. Si Aristóteles profundiza, Plinio expande. Si uno depura, el otro acumula.

El Imperio Romano actúa aquí como una red de información sin precedentes. Desde Britania hasta Egipto, desde Hispania hasta Asia, Plinio recoge datos, relatos y descripciones. No siempre observa directamente; muchas veces compila. Pero esa compilación amplía de forma radical el horizonte geográfico. Aparecen nuevas especies, nuevos comportamientos, nuevas asociaciones entre aves y territorios.
 
Su enfoque es descriptivo y cultural tanto como biológico. Las aves no son solo organismos: son símbolos, recursos, emblemas. Las rapaces se vinculan al poder, las especies exóticas a lo lejano, las palomas a la orientación y al regreso. En sus textos, la naturaleza y la cultura se entrelazan constantemente.
 
Incluso sin un marco teórico sólido, Plinio detecta patrones notables: el vuelo en formación de las grullas, la coordinación grupal, el aprovechamiento del viento. No los explica en términos físicos, pero los reconoce como fenómenos reales.
 
Y aquí emerge con claridad la diferencia estructural entre ambos autores. Aristóteles trabaja con precisión en un espacio limitado; Plinio trabaja con amplitud en un espacio vasto. El primero controla la calidad de la información, pero no puede escapar de su geografía. El segundo amplía la geografía, pero pierde control sobre la calidad de los datos.
 
También sus errores reflejan esta diferencia. Aristóteles se equivoca al cerrar demasiado pronto su sistema: su transmutación es un error por exceso de coherencia. Plinio, en cambio, se equivoca por apertura excesiva: incorpora relatos sin filtrado riguroso, mezclando observación, tradición y, en ocasiones, elementos fantásticos. Uno concluye demasiado; el otro acepta demasiado.
 
Sin embargo, sus aciertos son igualmente complementarios. Aristóteles establece que la forma biológica tiene sentido, que existe una relación estructural entre organismo y entorno. Ese principio sigue siendo el núcleo de disciplinas como la ecología o la biogeografía. Plinio, por su parte, amplía el mundo observable, introduce diversidad y rompe los límites locales del conocimiento. Sin esa expansión, no habría materia prima sobre la que construir teorías.
En cierto modo, representan dos movimientos opuestos pero necesarios: reducir para entender y expandir para abarcar. La ciencia moderna necesita ambos. Precisión sin escala es ceguera local; escala sin precisión es ruido.

El gran obstáculo que ambos comparten es geográfico. La división del mundo en zonas climáticas —templada, tórrida e inhóspita— hacía imposible concebir refugios invernales para las aves. El Sáhara no era un corredor migratorio, sino un límite absoluto. Más allá, el mundo dejaba de ser habitable. En ese marco, la migración a larga distancia no era improbable: era inconcebible.

Por eso, el error de los clásicos no fue observar mal, sino no poder integrar dos dimensiones fundamentales: el “cómo” biológico y el “dónde” geográfico. Solo cuando ambas se combinan —siglos más tarde— aparece la explicación correcta.

Visto desde hoy, Aristóteles enseña a pensar y Plinio a no ignorar. Uno construye modelos; el otro acumula mundo. Y la geografía ornitológica, tal como la entendemos ahora, nace precisamente en la intersección de esas dos miradas.

Porque el problema nunca fue el ave que desaparece, sino el mapa demasiado pequeño para seguirla. Y cuando el mapa se amplió, la respuesta dejó de ser un misterio: las aves no se transforman ni duermen ocultas. Viajan.
 
 

miércoles, 15 de abril de 2026

Gaviota enana (Hydrocoloeus minutus)



En mi reciente visita a los Aiguamolls de l’Empordà, he tenido la oportunidad de observar un ejemplar de gaviota enana. Lo primero que llama la atención son sus dimensiones: se trata de la especie más pequeña de su familia. Su tamaño, incluso inferior al de la gaviota reidora, le confiere una apariencia más compacta y ligera mientras se desplaza sobre las lagunas.

Volaba integrada en un grupo de fumareles cariblancos, lo que facilita una comparación directa. Su silueta es tan reducida que, a cierta distancia, llega a mimetizarse con ellos en vuelo. Sin embargo, al observar con detenimiento, emergen sus rasgos distintivos frente a las gaviotas locales. Mientras que la reidora —con la que podría confundirse por el capirote oscuro— presenta un vuelo más pesado y alas relativamente largas, la enana muestra alas más redondeadas y un batido notablemente más rápido y ágil.

El rasgo clave para una identificación inequívoca es el color de la parte inferior del ala. A diferencia de las gaviotas más comunes de la zona, que exhiben tonos claros, la gaviota enana presenta un reverso alar de un gris muy oscuro, casi negro. Este contraste resulta decisivo cuando el ave gira sobre el agua en busca de insectos, permitiendo descartarla frente a ejemplares juveniles de especies de mayor tamaño presentes en el parque.

Es la primera vez que incorporo esta especie al blog fotobirding. Aunque se trata de una visitante regular durante los pasos migratorios en la provincia de Girona, contemplarla evolucionar con esa ligereza sobre el agua sigue siendo un espectáculo que justifica, por sí solo, la observación.

El momento clave de la identificación: el reverso alar. Mientras que la mayoría de las gaviotas muestran tonos pálidos bajo las alas, la gaviota enana exhibe un gris pizarra tan oscuro que parece negro, rematado por un fino borde blanco.


Aquí se la ve en plena acción, rozando la superficie del agua para capturar insectos.

Lo primero que llama la atención al observar a la gaviota enana es la forma de sus alas. A diferencia de las alas más largas y afiladas de la gaviota reidora, la enana presenta unas alas notablemente más redondeadas, especialmente en la punta. Esta característica le confiere un batir de alas mucho más rápido, elástico y mariposáceo, que la distingue al instante en vuelo.

En las fotos se aprecia el capuchón oscuro en fase de transición, un rasgo que comparte con otras especies de cabeza negra como la gaviota cabecinegra o la reidora en esta época del año. En el ejemplar fotografiado, este diseño cefálico no presenta un negro sólido y definido, sino un moteado blanquecino; es la señal inequívoca de que el ave está mudando hacia el plumaje invernal. 



Gaviota enana. Hydrocoloeus minutus. Gavina menuda. Little Gull.

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📍 Lugar: Parc Natural dels Aiguamolls de l'Empordà 
📅 Fecha de observación: 14 de abril-2026
🌡️Clima :  🌤️ Mayormente despejado; Temp.Máx.17°C/ Mín.11°C; P.atm.:1016 hPa; V.Viento hasta: 56Km/hora ;  HR: 38% 
📷  Equipo foto : Canon R7 + Obj. 100-500 RF
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©️ Todas las imágenes  PacoTorres
 

martes, 14 de abril de 2026

El Ibis eremita , como gallinas en l'Empordà.

 




La escena podría pasar por un ejercicio de armonía rural: ganado pastando, arquitectura tradicional y la silueta rotunda de la torre dominando el conjunto. Pero basta afinar un poco la mirada para detectar que no estamos ante un paisaje espontáneo, sino ante un espacio profundamente intervenido. La torre no es aquí un vestigio histórico integrado en su entorno, sino el eje de un dispositivo funcional al servicio de una narrativa muy concreta: la de una naturaleza reconstruida bajo supervisión.

El primer plano —esa valla que ordena y delimita— actúa casi como metáfora involuntaria. Todo está contenido, regulado, diseñado. Incluso lo que pretende presentarse como salvaje responde a una lógica de gestión intensiva. El ganado, el terreno segado, la propia accesibilidad del conjunto: nada queda al azar. En ese contexto, la presencia del ibis eremita deja de ser un fenómeno ecológico para convertirse en un elemento más de un sistema cuidadosamente coreografiado.

Hay una paradoja difícil de obviar: se pretende “reintroducir” una especie en un entorno que ya no es el que fue, y hacerlo además mediante infraestructuras y apoyos constantes. La imagen no muestra un ecosistema que acoge, sino un escenario que se prepara. Y en ese matiz —sutil pero decisivo— es donde se abre la duda legítima: ¿estamos restaurando procesos naturales o simplemente insertando piezas en un decorado funcional?

Desde una lectura más amplia, la fotografía sintetiza bien el modelo: intervención, control y relato. Todo funciona, sí, pero porque todo está sostenido. La autosuficiencia, que debería ser el objetivo último de cualquier acción de conservación, queda en segundo plano frente a la visibilidad del resultado. Y eso introduce un sesgo que conviene señalar sin estridencias, pero con claridad.
Quizá la imagen no busque plantear preguntas, pero las contiene. Porque más allá de su aparente serenidad, lo que muestra es un equilibrio condicionado. Y ahí es donde reside la verdadera cuestión: no tanto si el proyecto funciona, sino bajo qué condiciones —y a qué coste— es capaz de hacerlo.
 
En la Torre de Mornau. Una estampa 'histórica' artificialmente recreada que nos cuesta miles de euros al año. Lo que ves es un señuelo del animal cuyo instinto y supervivencia dependen del mantenimiento de esta estructura.

Esta imagen desmiente cualquier pretensión de naturaleza salvaje. Estamos ante cría asistida, manejo constante y control exhaustivo. Sin esta red y el personal técnico que la mantiene, la colonia colapsaría. Esto es, literalmente, mantener una granja de aves de lujo.

El ibis eremita es una de las  aves más amenazadas del mundo y está catalogada como especie en peligro de extinción a nivel global.

Naturaleza asistida en un paisaje humanizado. La Torre de Mornau vigilando un prado de pasto y ganado. Esta imagen subraya la paradoja del proyecto: se introduce una especie extinta en un ecosistema modificado por el hombre, donde su supervivencia depende de que el hombre siga cuidando el hábitat para ella. Es coleccionismo de lujo, no recuperación de biodiversidad autónoma.






(Fuentes documentales):

Resumen del Programa de Reintroducción (MITECO) — Documento técnico que reconoce el lento crecimiento y los problemas de retorno.

Análisis del fracaso en Siria (Mongabay) — Crónica de cómo un proyecto similar colapsó totalmente.

Muerte del Ibis 'Hel' (Ecologistas en Acción) — El ejemplo de la fragilidad de las aves reintroducidas frente a la realidad del campo.




ANIMALES vs. ZOOS: Una mirada crítica a la cautividad en los zoológicos de David Perpiñán (Autor),  tiene un capítulo dedicado al Ibis eremita.  ( Libro dsponible en Amazón )
 
 
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📍 Lugar: Torre Mornau, Parc Natural dels Aiguamolls de l'Empordà 
📅 Fecha de observación: 14 de abril-2026
🌡️Clima :  🌤️ Mayormente despejado; Temp.Máx.17°C/ Mín.11°C; 
📷  Equipo foto : Canon R7 + Obj. 100-500 RF
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©️ Todas las imágenes  PacoTorres

lunes, 13 de abril de 2026

Un alto en el camino de la tarabilla norteña


Entre el polvo y las estructuras de hormigón de un solar en construcción en el barrio de La Catalana, en Sant Adrià de Besòs, he tenido la fortuna de observar  dos tarabilla norteña. Estas pequeñas aves son viajeras de larga distancia que, tras invernar en las sabanas del África subsahariana, se encuentran ahora en pleno paso migratorio prenupcial. Han cruzado el Sáhara y utilizan el litoral mediterráneo como una escala esencial antes de continuar hacia sus áreas de cría en el norte de Europa y Asia.

En las fotografías no es posible asegurar si se trata de un macho o una hembra, ni siquiera si las imágenes corresponden a dos individuos distintos o al mismo ejemplar moviéndose entre perchas cercanas. Sin embargo, la especie presenta un dimorfismo sexual sutil pero reconocible en buenas condiciones de observación: el macho luce una ceja blanca muy marcada sobre un antifaz oscuro y un pecho anaranjado más intenso, mientras que la hembra muestra tonos más apagados y una expresión general más discreta. Para ilustrar mejor estas diferencias —a menudo difíciles de captar en campo— he acompañado esta entrada con un dibujo comparativo.

La observación, a escasos metros del Parc Fluvial del Besòs, no es casual. Este corredor ecológico actúa como un eje de biodiversidad en medio de un entorno fuertemente urbanizado. Las tarabillas buscan espacios abiertos con vegetación baja y puntos elevados desde donde otear y capturar insectos. Incluso un solar en obras, con su vegetación ruderal y estructuras provisionales, puede ofrecer temporalmente ese hábitat funcional que necesitan durante su migración.

Ver a estas aves posadas sobre vallas metálicas, en un terreno destinado a desaparecer bajo el cemento, remite a un paisaje reciente donde la vida ornitológica era más rica y continua. Este breve alto en su viaje parece también un gesto de memoria del territorio: aunque el entorno cambie de forma irreversible, las rutas migratorias persisten, y con ellas, la presencia fugaz de especies que aún encuentran —aunque sea por poco tiempo— un lugar donde detenerse.


Ejemplar de tarabilla norteña posado en el vallado de un solar en construcción en La Catalana (Sant Adrià de Besòs), en pleno paso migratorio prenupcial.
Saxicola rubetra. Tarabilla Norteña. Bitxac rogenc. Whinchat  

Posada en la vegetació de en un solar cercano al Parc Fluvial del Besòs, utilizando hábitats abiertos y alterados como áreas de descanso y alimentación durante la migración.


Ilustración de macho y hembra de tarabilla norteña, destacando el sutil dimorfismo sexual de la especie: el macho con pecho anaranjado más intenso y ceja blanca marcada, la hembra con tonos más apagados y patrón más discreto.

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📍 Lugar: La Catalana . Sant Adrià de Besòs 
📅 Fecha de observación: 13 de abril-2026
🌡️Clima :  🌤️ Mayormente despejado; Temp.Máx.17°C/ Mín.11°C; P.atm.:1009 hPa; 
V.Viento hasta: 24Km/hora;  HR: 66% 
📷  Equipo foto : Canon R7 + Obj. 100-400 RF
🔗 Link en este blog : Saxicola rubetra 
©️ Todas las imágenes  PacoTorres

viernes, 10 de abril de 2026

Geografía ornitológica : Los primeros trazos



I. Cartografía primitiva y bestiarios

Antes de que existiera la ornitología como ciencia, el ser humano ya observaba a las aves siguiendo una lógica espacial sorprendentemente clara. No había mapas precisos ni categorías taxonómicas, pero sí una intuición fundamental: las aves no aparecían en cualquier lugar. Su presencia —o su ausencia— tenía significado.

Este capítulo recorre ese momento inicial en el que se entrelazan observación, utilidad y mito; un punto de partida imprescindible para entender cómo comenzó a construirse la relación entre aves y geografía.

Mucho antes de la navegación moderna, algunas culturas utilizaron a las aves como indicadores de tierra firme. En relatos asociados a Flóki Vilgerðarson (siglo IX), los navegantes liberaban aves desde sus embarcaciones y observaban su comportamiento: si el ave regresaba, no había tierra cercana; si no volvía, señalaba una dirección hacia la costa. Este sistema, rudimentario pero eficaz, se apoya en un principio ecológico básico: las aves tienen límites geográficos definidos. Aún no es ciencia formal, pero ya es geografía aplicada.

En el antiguo Egipto, las aves no solo eran recursos alimentarios o símbolos religiosos; también funcionaban como marcadores temporales del paisaje. Especies migratorias como las codornices o los ánades aparecían en momentos concretos del año, coincidiendo con ciclos clave como las crecidas del Nilo. Aquí emerge una idea central: la distribución de las aves permite medir el territorio a través del tiempo.

Al mismo tiempo, algunas de las primeras representaciones de aves muestran un nivel de detalle sorprendente. Un ejemplo paradigmático son las Ocas de Meidum (c. 2550 a.C.), un fresco egipcio en el que las especies representadas siguen siendo identificables hoy, lo que sugiere una observación directa y minuciosa. Durante el Imperio Antiguo Egipcio (2686–2181 a.C.), el arte pictórico prestaba una atención extraordinaria a los detalles de animales y plantas. En esta pintura pueden reconocerse especies concretas: desde el plumaje del ánsar careto (Anser albifrons), pasando por el ánsar campestre (Anser fabalis), hasta la barnacla cuellirroja (Branta ruficollis). A la izquierda aparecen gansos campestres siguiendo a un individuo distinto, mientras que a la derecha se observan ocas de cuello rojo.

No se trata solo de arte decorativo, sino de una evidencia temprana de algo más profundo: la capacidad de identificar especies concretas y asociarlas a un entorno determinado.




En el mosaico de Tabgha , se representan principalmente aves asociadas al entorno del Mar de Galilea, especialmente especies acuáticas y de ribera. Aunque la identificación exacta de cada figura es limitada, el conjunto refleja una observación directa del ecosistema local más que una representación simbólica o fantástica.

 



El mosaico de Tabgha (siglo VI), situado en la Iglesia de la Multiplicación, cerca del Mar de Galilea, ofrece una representación de fauna local integrada en un espacio reconocible. Aquí se produce un cambio sutil pero decisivo: las aves ya no aparecen como figuras aisladas, sino insertas dentro de un paisaje coherente, formando parte de una escena que ya sugiere contexto ecológico.

En paralelo, durante la Edad Media, los bestiarios se convirtieron en uno de los principales intentos de organizar el mundo animal. Muchos de ellos se inspiran en el Physiologus, una obra que combina observación, simbolismo y enseñanza moral. En estos textos, las aves aparecen situadas en geografías que mezclan realidad y ficción: el fénix en Arabia o el pelícano en entornos improbables.

Desde una perspectiva actual, estas inexactitudes resultan evidentes, pero no carecen de valor. Al contrario, muestran qué ocurría cuando faltaban explicaciones para fenómenos reales como la migración. En ausencia de ese conocimiento, el mundo no se dejaba incompleto: se llenaba con narrativas simbólicas que intentaban dar sentido a lo desconocido.



Estas ilustraciones provienen de bestiarios medievales (como el Physiologus o el Bestiario de Aberdeen), donde las aves no solo se describían por su aspecto, sino por su simbolismo moral.

Aquí tienes la identificación de cada una, siguiendo el orden de la imagen (de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo):

Fila Superior

Pájaro Carpintero: Reconocible por su postura en el tronco; en los bestiarios se decía que sabía qué ramas estaban huecas.


Águila: Representada a menudo mirando al sol o renovando su plumaje.


Golondrinas: Típicamente mostradas en sus nidos bajo los aleros de las casas.


Cigüeña: Famosa en la iconografía medieval por su cuidado de los padres ancianos.

Fila Central

Tórtolas: Símbolo de la fidelidad conyugal y la castidad.


Pelícano: Se le muestra hiriéndose el pecho para alimentar a sus crías con su sangre (un símbolo de Cristo).


Pavo Real: Destacado por su "rueda" de plumas; se creía que su carne era incorruptible.


Codornices: A menudo representadas en grupos, cayendo del cielo como el maná del Éxodo.
 
Fila Inferior

Grifo: Una criatura mitológica (mitad águila, mitad león) que solía incluirse en los tratados de aves.


Caladrius (o Caladrio): Un ave blanca mítica que se decía podía predecir si un enfermo viviría o moriría.


Fénix: Representado surgiendo de las llamas de su propia pira funeraria.


Grullas: Se las dibuja vigilando en grupo; se decía que una de ellas sostenía una piedra con la pata para no quedarse dormida.



El Physiologus, sustituyó la observación directa de las aves por una lectura simbólica y moralizante de su comportamiento. En sus páginas, el pelícano aparece como emblema de sacrificio, descrito como un ave que se hiere el pecho para alimentar a sus crías con su propia sangre, una imagen que hoy se entiende como una reinterpretación errónea de la regurgitación alimentaria. Del mismo modo, el águila era representada como un ave capaz de renovarse volando hacia el sol para quemar sus viejas plumas y sumergiéndose después en el agua para renacer, una alegoría que en realidad no es más que la muda periódica del plumaje, proceso fisiológico esencial para el mantenimiento del vuelo. Incluso el fénix, criatura inexistente en términos biológicos, fue incorporado como símbolo máximo de resurrección y ciclo vital. Estas narraciones, lejos de constituir observaciones naturalistas, reflejan una concepción del mundo en la que la naturaleza funcionaba como un sistema de signos morales. Frente a ello, la ornitología contemporánea sustituye la interpretación alegórica por el análisis de procesos ecológicos y adaptativos, devolviendo a cada especie su condición de organismo inserto en un entorno físico y evolutivo concreto. 


Textos medievales con representación de aves.  


 
Fila Superior

Columba (Paloma): El texto es explícito: "De columba". Es una de las aves más representadas por su doble valor: como fuente de alimento (geografía de subsistencia) y como mensajera. Su dibujo es esquemático pero funcional, destacando el pico corto y la postura horizontal.


Accipiter (Halcón/Gavilán): Representado con su plumaje rayado. Es el ave técnica por excelencia de la Edad Media. No es una representación artística, sino casi un "plano" para el cetrero; muestra la disposición de las plumas de vuelo, esenciales para entender la aerodinámica antes de que existiera la física moderna.


Aquila (Águila): Bajo el texto "Sicut aquila". Se muestra en posición heráldica pero con garras sobredimensionadas. En la geografía de la época, el águila delimitaba la "frontera vertical": las altas cumbres inaccesibles.

Fila Inferior

Noctua (Búho/Lechuza): Enmarcado en una miniatura dorada. El texto menciona "Merula" (mirlo) más arriba, pero la ilustración es claramente una rapaz nocturna. Representa la geografía de la sombra, los límites de las aldeas y el bosque cerrado.


Psittacus (Loro/Papagayo): Esta es la pieza más valiosa. Es un Loro de Kramer (verde con collar). Su presencia en un manuscrito europeo es un "fósil geográfico": prueba la existencia de rutas comerciales con África o la India. Es el ave que rompe el mapa local para introducir el concepto de "trópico".


Phoenix y la Garza: A la derecha, el Fénix sobre las llamas; a la izquierda, una zancuda (posiblemente una garza o cigüeña) junto a unos juncos. Es el ejemplo perfecto de cómo el naturalismo real (la garza en su hábitat acuático) convivía en el mismo plano con la mitología geográfica (el fénix de Arabia).
 
 
El Atlas catalán o Mapamundi de Cresques del siglo XIV

 
 

Aves que aparecen en el mapa de Abraham Cresques (Palma de Mallorca, 1325 - 1387):

1. El Pavo Real (Pavo cristatus)

Es la representación más clara y famosa del Atlas.

Ubicación: En el panel V, situado en la región de la India Superior (extremo oriente).


Contexto: Aparece junto a una inscripción que describe las maravillas de la India. Se identifica por su inconfundible cola en abanico con "ocelos" y su cresta. Para la época, era el ave que definía geográficamente el límite de Asia.

2. Aves de Presa: Halcones y Gavilanes

A lo largo de los paneles interiores (especialmente en los que representan las rutas de la seda y el norte de África), verás varios jinetes y soberanos.

Ubicación: En el puño de los jinetes en Asia Central y junto al "Rey de Etiopía/Nubia" en África.


Contexto: No se puede determinar la especie exacta (si es un Falco peregrinus o un Accipiter nisus), pero su representación es técnica: se muestran encaperuzados o en posición de caza. Indican la importancia de la cetrería en las estepas y el comercio de rapaces de alto valor entre Oriente y Occidente.
 
3. El Ave Fénix (Representación simbólica-geográfica)

Aunque es un ave mitológica, en la geografía de 1375 se trataba como una realidad biográfica lejana.

Ubicación: Generalmente situada en los confines de Arabia o el Alto Egipto.


Contexto: Se le representa con colores vivos (rojizos y dorados). En el mapa de Cresques, sirve para marcar el "fin" del mundo conocido y el inicio de las tierras áridas e inexploradas.
 
4. Aves de Corral y Caza (Anátidas y Perdices)

Si observas las escenas de ciudades en el área del Caspio y el Cáucaso, hay pequeñas representaciones de aves terrestres.

Ubicación: Dispersas cerca de las ciudades-estado comerciales de Asia Menor.


Contexto: Representan la riqueza de la tierra. Se ven aves con morfología de perdiz (Alectoris rufa o similar) y patos en zonas de oasis, lo que indicaba a los viajeros la disponibilidad de alimento y agua (geografía de subsistencia).
 
5. Las Grullas y los Pigmeos

Ubicación: En las montañas de Asia Central (panel IV-V).


Contexto: Cresques dibuja la leyenda de la "Geranomaquia" (la lucha de las grullas contra los pigmeos), un mito clásico de Aristóteles y Plinio que se creía real. Es interesante porque, aunque el contexto es mítico, la morfología de las grullas dibujadas es bastante fiel a la de las aves migratorias reales que cruzan el Himalaya.

Estas primeros representaciones de las aves no son científicos, pero sí fundamentales, porque contienen ya el problema central:

👉 ¿por qué un ave aparece en un lugar concreto?

 
La presencia de un ave en un enclave determinado no es un evento azaroso, sino la culminación de un proceso selectivo basado en la optimización de recursos y la minimización de riesgos. Este asentamiento responde, primordialmente, a la estructura del hábitat y su capacidad para satisfacer necesidades biológicas inmediatas: la existencia de nichos tróficos específicos, la disponibilidad de puntos de agua para la termorregulación y el mantenimiento del plumaje, o la configuración arquitectónica del lugar como refugio frente a la depredación. Asimismo, factores fenológicos como las rutas de dispersión juvenil o las paradas técnicas de descanso durante la migración —conocidas como stopover— dictan estas apariciones. En última instancia, el ave evalúa el microclima y la seguridad del entorno, convirtiendo un punto geográfico concreto en una herramienta estratégica para su supervivencia y éxito

Todo lo que vendrá después —clasificación, biogeografía, tecnología— no es más que una forma más precisa de responder a esa misma pregunta.