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FotoBirding en Sant Adrià de Besòs
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martes, 16 de junio de 2026

Flamenco de Chile en el Zoo de Barcelona



Entre los habitantes más llamativos del Zoo de Barcelona se encuentra una especie que, pese a ser conocida por millones de personas, rara vez es observada con detenimiento. Los flamencos llaman la atención por su coloración, su tamaño y sus peculiares posturas, pero a menudo se pasan por alto las diferencias que existen entre las distintas especies. Durante mi visita me detuve un buen rato ante la colonia de flamencos y descubrí que no se trataba del flamenco común que estamos acostumbrados a asociar con las lagunas mediterráneas, sino del flamenco de Chile (Phoenicopterus chilensis), una especie sudamericana con rasgos propios .

Lo primero que me llamó la atención fue el color de las patas. A cierta distancia todos los flamencos parecen similares, pero al observarlos con calma se aprecia que las patas no son uniformemente rosadas. En el flamenco de Chile presentan una tonalidad grisácea o azulada muy clara que contrasta de forma evidente con el intenso color rojizo de las articulaciones y de los dedos. Es probablemente el detalle más útil para distinguir esta especie del flamenco común europeo. Una vez detectado, el contraste resulta tan evidente que cuesta entender cómo había pasado desapercibido en un primer vistazo.

Mientras varios ejemplares recorrían tranquilamente el césped del recinto, otros permanecían alimentándose o dedicando largos minutos al acicalamiento. Fue entonces cuando apareció otra de las claves de identificación. El pico, extraordinariamente especializado para filtrar pequeños organismos y partículas alimenticias del agua, muestra una amplia zona negra que ocupa buena parte de la mitad distal. Comparado con el flamenco común, la extensión del negro es notablemente mayor, aportando un aspecto característico que se aprecia especialmente bien en los primeros planos.

La coloración general del plumaje también ayuda a situar a la especie. Cuando pensamos en un flamenco solemos imaginar un ave de color rosa intenso, casi artificial, pero la realidad es bastante más compleja. El flamenco de Chile presenta una tonalidad intermedia, más marcada que la del flamenco común adulto, aunque lejos todavía de los tonos rojizos y anaranjados que caracterizan al flamenco del Caribe. En la colonia podían observarse incluso pequeñas diferencias entre individuos, algo completamente normal y relacionado con factores como la edad, la dieta o el estado de muda.

Más allá de los detalles morfológicos, resultaba interesante contemplar su comportamiento. Como ocurre con la mayoría de los flamencos, se trata de aves profundamente sociales. Rara vez se encuentran aisladas y tienden a desarrollar buena parte de sus actividades en grupo. Algunos ejemplares descansaban muy próximos entre sí mientras otros caminaban lentamente por el recinto o exploraban el suelo en busca de alimento, lejos de las colonias que forman en libertad en lagunas y humedales de Sudamérica.

Entre las imágenes más características aparecía, cómo no, la clásica postura sobre una sola pata. Aunque durante años fue considerada una simple curiosidad, hoy se sabe que esta conducta ayuda a reducir la pérdida de calor corporal y permite a las aves permanecer inmóviles durante largos periodos con un gasto energético reducido. Vista de cerca, la aparente fragilidad de ese equilibrio contrasta con la naturalidad con la que los flamencos adoptan la postura.

El flamenco de Chile ocupa una amplia área de distribución en el cono sur americano, desde Perú hasta Tierra del Fuego, frecuentando lagunas altoandinas, salares y diversos humedales interiores. Su presencia en Barcelona puede sorprender a quien espere encontrar únicamente fauna local o europea, pero precisamente ahí surge una cuestión interesante. 

¿Tiene sentido mantener una especie originaria de Sudamérica a miles de kilómetros de su entorno natural?
La respuesta depende en gran medida de la visión que cada persona tenga sobre los zoológicos. Sus defensores argumentan que cumplen una función educativa y conservacionista, permitiendo acercar especies lejanas al público y mantener poblaciones gestionadas bajo control humano. Sus detractores consideran que ninguna instalación puede sustituir las condiciones de libertad de los hábitats originales. Es un debate complejo que probablemente seguirá abierto durante mucho tiempo.

Al margen de esa discusión, la visita ofrece una oportunidad difícil de obtener de otro modo: observar con detalle una especie que para la mayoría de nosotros solo existiría en fotografías o documentales. Gracias a esa observación cercana es posible descubrir matices que suelen pasar desapercibidos y comprender que bajo el nombre genérico de "flamenco" se esconden aves distintas, adaptadas a entornos diferentes y con características propias. 

 

Flamenco de Chile adulto recorriendo el recinto. El contraste entre las patas grisáceas y las articulaciones rojizas constituye una de las mejores claves para identificar la especie. 

La longitud del cuello y la elegante curvatura corporal son rasgos característicos de los flamencos.

La gran extensión de color negro en el pico ayuda a diferenciar al flamenco de Chile de otras especies próximas.

Varios ejemplares descansando sobre una sola pata, una conducta habitual que contribuye a reducir la pérdida de calor corporal.

Panel informativo dedicado a Phoenicopterus chilensis, con información sobre su distribución geográfica y estado de conservación.

Vista parcial de la colonia en el Zoo de Barcelona. Los flamencos son aves muy sociales que suelen permanecer agrupadas.

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📍 Lugar:   Zoo de  Barcelona 
📅 Fecha de observación: 9 de diciembre-2025 
🌡️CLIMA : ☀️ Día Soleado, agradable,  (Máx. 17°C / Mín. 9°C) 
📷  Equipo foto : CANON R7 +Obj. 100/400 RF
🔗 En este blog : Zoo de Barcelona 
©️ Todas las imágenes y dibujo : PacoTorres . 


lunes, 15 de junio de 2026

Geografía ornitológica. El fin de la escopeta

 Capítulo 8: El fin de la escopeta. Del ave disecada a los mapas de migraciones. John Gould, Richard Bowdler Sharpe, Allan Octavian Hume, Spencer Fullerton Baird. 
 
 

Un amanecer de la primavera de 1810, en los bosques de Kentucky, John James Audubon (1785–1851) sigue el rastro de un silbido desconocido entre las copas de los nogales. Lleva varios días observando fugazmente un pequeño pájaro insectívoro cuya presencia apenas consigue confirmar entre la maraña de ramas y hojas. Finalmente, tras horas de espera inmóvil, encara su escopeta de chispa y dispara. Cuando el humo se disipa, un diminuto cuerpo de plumas verdosas yace sobre la hojarasca.

Audubon recoge cuidadosamente el ejemplar y regresa a su lugar de trabajo. Allí, mientras el cuerpo aún conserva el calor de la vida, lo fija mediante alambres sobre una tabla de madera para reproducir con precisión su postura natural. Más tarde aquel pájaro recibiría el nombre de reinita de Kentucky (Geothlypis formosa).

Para el observador actual, habituado a asociar la ornitología con prismáticos, telescopios y cámaras fotográficas, la escena resulta desconcertante. Sin embargo, durante gran parte del siglo XIX constituía una práctica perfectamente normal. Para estudiar un ave era necesario poseerla. Y para poseerla era necesario abatirla.

La aparente contradicción encierra una realidad histórica fundamental. La era de la ornitología extractiva no fue una anomalía ni una desviación de la ciencia, sino una etapa imprescindible en la construcción del conocimiento biológico moderno. Gracias a miles de especímenes recolectados fue posible describir especies, comparar poblaciones, establecer clasificaciones y construir las primeras visiones globales de la diversidad aviar. Sin embargo, aquel modelo contenía una limitación que acabaría condicionando el desarrollo de toda la disciplina: permitía conocer la forma de las aves, pero no sus movimientos.

Durante buena parte del siglo XIX circuló entre naturalistas y exploradores una máxima tan simple como reveladora: «Lo que es de interés se dispara». La frase no respondía a un impulso cinegético, sino a una necesidad metodológica. Antes de la fotografía de alta calidad, de los telescopios terrestres modernos y de los sistemas de marcaje individual, la única manera de verificar una observación consistía en disponer físicamente del ejemplar.

Para describir una nueva especie, delimitar una subespecie o estudiar las variaciones del plumaje asociadas a la edad, el sexo o la muda, el ave debía ser medida, preparada y conservada. La taxonomía exigía pruebas materiales. Cada nombre científico necesitaba un espécimen de referencia —el denominado tipo— depositado en una colección accesible para futuras comprobaciones.

 

John Gould

 

Entre los grandes nombres de la ornitología del siglo XIX destacó John Gould (1804–1881), naturalista, taxidermista y editor científico británico cuya influencia se extendió mucho más allá de la simple descripción de especies. Considerado hoy como el padre de la ornitología australiana, Gould fue una de las figuras centrales de la historia natural victoriana y un actor indirecto, aunque decisivo, en la gestación de una de las ideas científicas más revolucionarias de todos los tiempos: la teoría de la evolución por selección natural.
 
Su trayectoria resulta singular porque, a diferencia de otros naturalistas célebres de la época, Gould no destacó especialmente como dibujante o pintor. Su verdadero talento residía en la capacidad para reunir información procedente de todo el mundo, coordinar equipos de especialistas y transformar ese material en obras científicas de extraordinaria calidad. A lo largo de su carrera dirigió la producción de cerca de cuarenta volúmenes dedicados a las aves y otros vertebrados, ilustrados con más de tres mil litografías coloreadas a mano. Aquellas publicaciones se convirtieron en algunas de las obras de historia natural más admiradas y codiciadas del siglo XIX.
 
Buena parte de ese éxito se debió a la colaboración de su esposa, Elizabeth Gould, una ilustradora excepcional cuyo trabajo fue fundamental en las primeras etapas de la carrera de Gould. A ella se sumaron artistas de enorme prestigio como Edward Lear, más tarde famoso por su obra literaria, pero que antes de convertirse en poeta había sido uno de los ilustradores zoológicos más brillantes de su generación. Gracias a este equipo, las publicaciones de Gould lograron combinar rigor científico y excelencia artística en una época en la que la imagen constituía una herramienta esencial para el estudio y la difusión del conocimiento naturalista.
 
La relación de Gould con Charles Darwin ocupa un lugar destacado en la historia de la ciencia. En 1837, poco después del regreso del segundo viaje del HMS Beagle, Darwin entregó a la Sociedad Zoológica de Londres las colecciones zoológicas reunidas durante su expedición alrededor del mundo. Entre ellas figuraban numerosas aves procedentes de las islas Galápagos. Darwin, todavía lejos de formular su teoría evolutiva, había supuesto que muchos de aquellos ejemplares pertenecían a grupos diferentes.
 
 Estatua de Darwin en el Museo de Historia Natural, Londres.
 
Fue Gould quien, tras examinar cuidadosamente las colecciones, descubrió que varias de aquellas aves constituían en realidad un conjunto de especies estrechamente emparentadas. Los ejemplares que Darwin había considerado pinzones, currucas, mirlos o reyezuelos resultaron pertenecer a un mismo grupo evolutivo. Gould identificó doce especies distintas de los hoy célebres pinzones de las Galápagos y puso de manifiesto que las diferencias observadas en la forma y tamaño de sus picos estaban relacionadas con los distintos ambientes y recursos alimenticios presentes en cada isla.
Aquella interpretación tuvo consecuencias enormes. Por primera vez Darwin dispuso de una evidencia clara de cómo el aislamiento geográfico podía generar variaciones adaptativas dentro de un mismo linaje. Los pinzones de Gould se convertirían posteriormente en uno de los ejemplos más conocidos de radiación adaptativa y desempeñarían un papel importante en la elaboración de la teoría de la evolución por selección natural publicada en 1859.
 
 
Si la contribución a la obra de Darwin aseguró a Gould un lugar en la historia de la biología, su legado personal alcanzó su máxima expresión en Australia. Entre 1838 y 1840, acompañado por Elizabeth, emprendió un largo viaje a las colonias británicas de Oceanía con el propósito de estudiar directamente una fauna que entonces seguía siendo poco conocida para la ciencia europea. Durante la expedición recorrió extensas regiones del continente australiano, reunió miles de observaciones y recolectó numerosos especímenes que posteriormente servirían de base para una de las obras más monumentales de la zoología decimonónica.
 
El resultado fue The Birds of Australia (1840–1848), una publicación de siete volúmenes ilustrados que contenía 681 láminas y describía centenares de especies, muchas de ellas nuevas para la ciencia occidental. Durante décadas la obra constituyó la referencia fundamental para el estudio de la avifauna australiana y todavía hoy es considerada una de las cumbres de la ilustración científica. La influencia de Gould en el país fue tan profunda que una de las organizaciones conservacionistas más antiguas de Australia adoptó posteriormente el nombre de Gould League en reconocimiento a su contribución.
 
La producción editorial de Gould fue tan impresionante como innovadora desde el punto de vista comercial. En lugar de financiar íntegramente sus proyectos antes de la publicación, recurrió al sistema de suscripción anticipada. Aristócratas, miembros de la realeza, coleccionistas y grandes instituciones científicas comprometían la compra de las obras antes de que estuvieran terminadas, proporcionando así los recursos necesarios para sufragar su elaboración. Este modelo permitió la creación de libros extraordinariamente costosos y lujosos, impresos en grandes formatos y destinados a convertirse tanto en herramientas científicas como en objetos de prestigio cultural.
 
Entre sus publicaciones más importantes figura A Century of Birds from the Himalaya Mountains (1830–1832), considerada su primer gran éxito editorial. Poco después apareció The Birds of Europe (1832–1837), una extensa obra en cinco volúmenes que consolidó definitivamente su reputación internacional. También alcanzó gran notoriedad A Monograph of the Ramphastidae, or Family of Toucans (1833–1835), célebre por las espectaculares representaciones de tucanes tropicales que fascinaban al público europeo.
 
Especialmente destacada fue su monumental Monograph of the Trochilidae, or Family of Humming-Birds (1849–1861), dedicada a los colibríes. Consciente de que las técnicas tradicionales de impresión no podían reproducir adecuadamente los reflejos metálicos e iridiscentes de estas aves, Gould experimentó con innovaciones gráficas que incluían aplicaciones de pintura sobre pan de oro, buscando recrear el brillo característico de sus plumas. El resultado fue una de las obras más deslumbrantes de toda la ilustración zoológica del siglo XIX.
Aunque las aves ocuparon el centro de su actividad científica, Gould también dedicó atención a otros grupos zoológicos. Su obra The Mammals of Australia (1845–1863) constituyó uno de los primeros estudios sistemáticos sobre la singular fauna de marsupiales del continente y contribuyó a dar a conocer internacionalmente especies como los canguros, wallabies y otros mamíferos australianos.
 
Cuando Gould murió en 1881 había descrito centenares de especies nuevas y había transformado la forma de divulgar la historia natural. Sus libros representaron la culminación de una época en la que la exploración, la recolección de especímenes, el arte y la ciencia formaban parte de una misma empresa intelectual. Al igual que Audubon en América, Gould encarnó la figura del naturalista que ayudó a catalogar la diversidad del mundo antes de que la atención de los científicos comenzara a desplazarse desde las especies hacia los procesos que las conectaban. En cierto modo, sus magníficas láminas marcaron el punto culminante de la era de la ornitología descriptiva, justo antes de que la investigación se orientara hacia una nueva pregunta: no sólo qué aves existían, sino cómo se movían a través del planeta.

Tanto Audubon como John Gould trabajaron dentro de la lógica que el naturalista era, ante todo, un recolector. Su misión consistía en obtener muestras fiables en lugares remotos y enviarlas a los centros donde el conocimiento era procesado y validado. El territorio funcionaba como fuente de abastecimiento científico; la interpretación se realizaba después, lejos del campo, en museos, laboratorios y sociedades especializadas.

A medida que las expediciones se multiplicaban, la acumulación de especímenes comenzó a desbordar los gabinetes particulares. La ornitología se transformó entonces en una empresa institucional de escala global. Miles de pieles, esqueletos, huevos y nidos comenzaron a circular desde selvas tropicales, cordilleras andinas, sabanas africanas o archipiélagos oceánicos hacia un reducido número de centros científicos capaces de almacenarlos, compararlos y clasificarlos.

La British Ornithologists' Union, fundada en 1858, desempeñó un papel decisivo en la normalización de criterios taxonómicos y geográficos. A través de su revista Ibis, una de las publicaciones científicas más influyentes de la época, ayudó a establecer qué observaciones podían considerarse válidas y cuáles requerían confirmación mediante especímenes conservados.

 

Richard Bowdler Sharpe

Zoogeographical areas. Distribution of Birds by R.B.Sharpe 1893.

 

El verdadero corazón del sistema se encontraba, sin embargo, en los grandes museos nacionales. Entre ellos destacó especialmente el British Museum (Natural History) de Londres. Bajo la dirección intelectual de Richard Bowdler Sharpe (1847–1909), la institución reunió una de las mayores colecciones ornitológicas jamás construidas. Sharpe coordinó gran parte de los veintisiete volúmenes del monumental Catalogue of the Birds in the British Museum, una obra que sintetizaba décadas de exploración y recolección a escala planetaria.




A.O. Hume ( Sello de India) 

 

Entre los grandes proveedores de material figuró Allan Octavian Hume (1829–1912), funcionario colonial y naturalista, cuya colección superó las ochenta mil pieles procedentes principalmente del subcontinente indio. Miles de especímenes recorrieron el trayecto entre las colonias y las metrópolis, alimentando un flujo constante de información que convertía las aves en objetos de estudio estandarizados.

Al otro lado del Atlántico, la Smithsonian Institution desempeñó una función similar. Bajo el impulso de Spencer Fullerton Baird (1823–1887), la institución desarrolló protocolos de recolección destinados a militares, topógrafos y exploradores que recorrían el oeste norteamericano. Las campañas de cartografía territorial incorporaron sistemáticamente la recogida de material biológico, de modo que la expansión geográfica y la acumulación de conocimiento zoológico avanzaron de forma paralela.

Spencer Fullerton Baird

 

Aquella inmensa maquinaria científica permitió catalogar gran parte de la diversidad aviar conocida. Sin embargo, desde una perspectiva geográfica, presentaba una limitación fundamental. Cada espécimen conservado aportaba únicamente dos datos seguros: un lugar y una fecha.

La etiqueta atada a la pata de una piel podía indicar con precisión dónde había sido capturada un ave y cuándo había ocurrido el hecho. Pero nada más.

Si un recolector contratado por Hume abatía un chorlito dorado siberiano (Pluvialis fulva) en las llanuras de la India durante el mes de enero, el registro demostraba que la especie estaba presente allí en ese momento concreto. Lo que no podía explicar era cómo había llegado hasta ese punto. El ejemplar no revelaba su ruta migratoria, ni los territorios utilizados durante el viaje, ni las escalas intermedias, ni la influencia de los sistemas meteorológicos sobre su desplazamiento. Tampoco permitía saber si se trataba de un individuo errante o de un migrador regular que repetía anualmente el mismo recorrido.


Aves en las vitrinas del 
MCNB - Museu Blau - Museu de Ciències Naturals de Barcelona.

 
La piel conservada era una prueba extraordinariamente fiable de presencia, pero una prueba completamente muda respecto al movimiento.

Como consecuencia, los mapas producidos durante gran parte del siglo XIX representaban distribuciones estáticas. Los naturalistas podían señalar puntos de captura o sombrear áreas aproximadas de presencia, pero resultaba imposible reconstruir las conexiones reales entre esos lugares. Las aves aparecían dispersas sobre el papel como entidades aisladas, sin que pudiera percibirse la compleja red de desplazamientos que unía continentes, océanos y regiones climáticas.

Hacia finales del siglo XIX, una vez catalogada la mayor parte de la diversidad aviar conocida, la ornitología comenzó a enfrentarse a preguntas para las que el gabinete no tenía respuesta. Se conocía el aspecto de las aves, pero no sus trayectorias. Se sabía dónde aparecían, pero no de dónde venían ni hacia dónde se dirigían. Los museos estaban repletos de ejemplares y, sin embargo, los grandes movimientos que conectaban los cielos del planeta seguían siendo un misterio.

La cuestión decisiva ya no era identificar individuos, sino seguirlos.

  


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Cap. VIII: El fin de la escopeta Del ave disecada a los mapas de migraciones.  Gould, Sharpe, Hume,  
Cap. IX: El ave numerada. El nacimiento del anillamiento científico.

miércoles, 10 de junio de 2026

El pelícano ceñudo (Pelecanus crispus) en el Zoo de Barcelona




Durante mi visita al Zoo de Barcelona me llamó la atención la presencia de un ejemplar de pelícano ceñudo (Pelecanus crispus), una de las aves acuáticas de mayor tamaño. Su aspecto resulta inconfundible gracias al enorme pico provisto de bolsa gular y a las características plumas despeinadas de la nuca que dan nombre a la especie.

La observación de este ejemplar ofrece una buena oportunidad para repasar las características de la familia de los pelícanos y conocer mejor a una especie que, pese a su amplia distribución geográfica, sigue dependiendo de la conservación de los grandes humedales euroasiáticos.

Los pelícanos constituyen una familia muy homogénea de aves acuáticas, los Pelicanidae, representada actualmente por un único género vivo, Pelecanus. Todas las especies comparten una morfología muy especializada para la captura de peces, destacando el gran pico equipado con una bolsa gular extensible.

Contrariamente a una creencia bastante extendida, esta bolsa no se utiliza para almacenar alimento. Su función principal consiste en actuar como una red de pesca temporal: el ave captura simultáneamente agua y peces, expulsa posteriormente el agua y engulle las presas retenidas.

Actualmente se reconocen ocho especies de pelícanos distribuidas por regiones templadas y tropicales de todos los continentes excepto la Antártida.


Las ocho especies actuales de pelícanos


Algunas comparaciones permiten apreciar mejor la diversidad existente dentro del grupo. El pelícano ceñudo suele considerarse la especie más pesada de la familia, mientras que el pelícano común puede alcanzar las mayores envergaduras. En el extremo opuesto se encuentra el pelícano pardo, el más pequeño del género y además el único que captura habitualmente peces mediante zambullidas desde el aire. Por su parte, el pelícano australiano posee uno de los picos más largos de todas las aves actuales, pudiendo superar los 45 centímetros de longitud.
El pelícano ceñudo

El pelícano ceñudo es el mayor representante de la familia Pelicanidae. Los adultos alcanzan habitualmente entre 10 y 13 kilogramos de peso, presentan una longitud corporal de 160 a 180 centímetros y una envergadura alar que puede superar los tres metros.

Su área de distribución se extiende desde los Balcanes y Europa oriental hasta Asia Central, Mongolia y algunas regiones del este de China. Habita principalmente lagos, marismas, lagunas costeras y grandes deltas fluviales.

A diferencia del pelícano común (Pelecanus onocrotalus), presenta un plumaje grisáceo pálido en lugar de blanco puro, patas de color gris plomizo y unas llamativas plumas encrespadas en la cabeza y la nuca que resultan especialmente visibles durante la época reproductora. El pico adquiere tonalidades amarillas y anaranjadas más intensas durante el celo.

Su alimentación es prácticamente exclusiva de peces. Con frecuencia varios individuos cooperan para conducir bancos de peces hacia aguas menos profundas, donde resultan más fáciles de capturar. Este comportamiento cooperativo constituye una de las conductas más características del grupo.

A pesar de ocupar una extensa área de distribución, el pelícano ceñudo sufrió un acusado declive durante los siglos XIX y XX debido a la pérdida de humedales, la alteración de los ecosistemas acuáticos y las molestias en las colonias reproductoras.

Actualmente la especie está catalogada como Casi Amenazada; NT (Near Threatened) por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Aunque algunas poblaciones europeas han experimentado una recuperación significativa durante las últimas décadas, la conservación de grandes humedales continúa siendo esencial para garantizar su supervivencia a largo plazo.


El pelícano ceñudo es una especie marcadamente social. En libertad forma colonias de reproducción, descansa en grupos numerosos y desarrolla buena parte de sus actividades cotidianas en compañía de otros individuos.

Durante la visita únicamente observo un ejemplar en la instalación. Sin información adicional sobre la gestión concreta del recinto no es posible conocer si se trata de una situación temporal o permanente. En cualquier caso, la naturaleza gregaria de la especie constituye uno de uss aspectos más interesantes y ayuda a comprender la importancia que tienen las interacciones sociales en el comportamiento de estos grandes pescadores.
 
Reflexión final: el pelícano ceñudo destaca por combinar un tamaño excepcional, una amplia distribución paleártica y una compleja historia de conservación. La observación de este magnífico pescador en el Zoo de Barcelona permite apreciar de cerca las adaptaciones que han convertido a los pelícanos en uno de los grupos de aves acuáticas más especializados y eficientes del planeta.
 

Ejemplar de pelícano ceñudo observado en el Zoo de Barcelona. Son visibles el plumaje grisáceo, las patas de color plomizo y las plumas desordenadas de la cabeza que distinguen a esta especie del pelícano común.

Detalle de la cabeza. En el extremo del pico puede observarse la pequeña uña córnea o gancho terminal, una estructura característica de los pelícanos que contribuye a sujetar las presas durante la alimentación.

Sesión de acicalamiento, el pelícano utiliza su largo pico para alcanzar las plumas del ala. El cuidado del plumaje ocupa una parte importante de la actividad diaria de estas aves acuáticas.

Diferentes perspectivas del único ejemplar de pelícano ceñudo observado en la instalación. La anilla visible en el tarso permite su identificación individual dentro de los programas de manejo zoológico. Durante la observación el ave presentó un aspecto saludable y un plumaje en buen estado. En la naturaleza, sin embargo, los pelícanos ceñudos suelen formar grupos numerosos tanto para descansar como para alimentarse y criar.
 

 

Panel informativo del Zoo de Barcelona dedicado al pelícano ceñudo (Pelecanus crispus). En él se resumen aspectos de la biología, distribución (Paleártico)  y estado de conservación de la especie (Casi amenazada). 

Mi dibujillo del pelícano. Se destacan las plumas encrespadas de la nuca, rasgo característico de la especie, así como la bolsa gular durante la captura de peces.

 

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📍 Lugar:   Zoo de  Barcelona 
📅 Fecha de observación: 9 de diciembre-2025 
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martes, 9 de junio de 2026

Pingüinos de Humboldt en el Zoo de Barcelona

 Un ave del hielo.

Cuando pienso en pingüinos suelo imaginar enormes extensiones de hielo, ventiscas antárticas y grupos de aves apiñadas para soportar temperaturas extremas. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja. Existen 18 especies de pingüinos repartidas por el hemisferio sur y algunas viven muy lejos de los paisajes helados que solemos asociar con ellas.

Uno de esos casos es el pingüino de Humboldt (Spheniscus humboldti), protagonista de esta entrada y residente habitual del Zoo de Barcelona.

 

Pingüino de Humboldt (Spheniscus humboldti) en la instalación del Zoo de Barcelona. Se aprecia la característica banda negra en el pecho que identifica a la especie.

A simple vista resulta inconfundible por la banda negra que cruza su pecho y por las manchas oscuras que decoran su rostro. Es un ave robusta, de entre 65 y 70 centímetros de altura y alrededor de cuatro kilos de peso, perfectamente adaptada a la vida marina.

Aunque muchas personas lo relacionan automáticamente con la Antártida, su distribución natural se encuentra mucho más al norte. Habita las costas de Perú y Chile, donde se beneficia de la corriente de Humboldt: una masa de agua fría extraordinariamente rica en nutrientes que sostiene una de las mayores concentraciones de vida silvestre del planeta.

Un mundo con 18 especies diferentes.

La familia de los pingüinos (Spheniscidae) es bastante más diversa de lo que suele creerse. La evolución los ha modelado en una horquilla de tamaños asombrosa para adaptarse a nichos ecológicos radicalmente distintos.

 

Esquema comparativo de tamaños y pesos entre algunas de las especies más representativas de la familia Spheniscidae, ordenadas de mayor a menor escala. Ilustración a lápiz.

Como muestra la ilustración, la escala va desde el gigantesco pingüino emperador, un titán que puede superar los 120 centímetros de altura y los 40 kilos de peso en el corazón de la Antártida, hasta el diminuto pingüino enano australiano, que apenas alcanza los 33 centímetros y poco más de un kilo de peso.

Esta diversidad demuestra que no todos viven en ambientes polares. Algunas especies ocupan regiones templadas e incluso subtropicales; el pingüino de Galápagos, por ejemplo, es el único miembro de la familia que llega a cruzar la línea del ecuador en sus incursiones de pesca.

Observando a los ejemplares en el Zoo de Barcelona resulta fácil comprender que estamos ante animales diseñados por y para el agua. Su anatomía es un prodigio de la ingeniería hidrodinámica.

 

Detalle del plumaje del pingüino de Humboldt. Su plumaje, densamente compactado e impermeabilizado, actúa como un aislamiento térmico perfecto bajo el agua.

Su cuerpo fusiforme, las alas transformadas en auténticas aletas rígidas y un plumaje extraordinariamente denso les permiten desplazarse bajo el agua con una agilidad sorprendente. Lo que en tierra firme parece un caminar torpe y oscilante, se convierte en auténtica elegancia y velocidad en el momento en que se sumergen.

Gran parte de su tiempo diario lo dedican, de hecho, al estricto mantenimiento de este traje de neopreno natural. Cada pluma debe permanecer perfectamente alineada e impermeabilizada mediante el aceite que segregan de una glándula corporal, conservando así las propiedades aislantes que los salvan de la hipotermia.

La cuestión de los zoológicos

La presencia de animales salvajes en zoológicos sigue generando debate y, con toda seguridad, continuará haciéndolo durante mucho tiempo.

Resulta evidente que ningún recinto, por avanzado que sea, puede reproducir la inmensidad del océano Pacífico ni las condiciones biológicas exactas en las que evolucionó esta especie. Al mismo tiempo, es un hecho que la percepción y la función de los zoológicos han cambiado considerablemente durante las últimas décadas.

 

Ejemplares de pingüino de Humboldt en el Zoo de Barcelona en la zona de rocas. Las anillas en las aletas permiten a los biólogos y veterinarios el seguimiento individualizado de la población y el control del programa de cría.

Muchos centros actuales operan como estaciones científicas que dedican una parte importante de sus recursos a programas de conservación ex situ, investigación veterinaria y reproducción controlada de fauna amenazada. El pingüino de Humboldt, catalogado como especie "Vulnerable" en la naturaleza debido a la sobrepesca y la contaminación, participa en varios programas europeos de gestión coordinada (EEP) destinados a mantener poblaciones cautivas genéticamente viables como salvaguarda de la especie.

Panel técnico en el recinto del parque. La infografía sintetiza los datos clave de la especie: su peso habitual de entre 3 y 5 kilos, su dieta piscívora basada en bancos de superficie, y la etiqueta de la UICN que los clasifica bajo la categoría de "Vulnerable" (VU) debido a presiones antrópicas como la sobrepesca o el impacto logístico de grandes petroleros.

 

Cada visitante extraerá sus propias conclusiones sobre la conveniencia o la ética de este modelo. Lo interesante es que la cuestión admite matices profundos y difícilmente puede reducirse a posiciones simplistas de blanco o negro.

Quizá lo más llamativo al contemplar estos animales en un entorno urbano sea valorar que forman parte de una saga evolutiva única. Desde las gigantescas colonias antárticas hasta las costas desérticas de Chile, pasando por los pingüinos crestados de Nueva Zelanda, todos comparten una misma especialización asombrosa.

El pingüino de Humboldt que observamos en Barcelona es solo una pieza de un mosaico mucho más amplio: el de unas aves que, hace millones de años, renunciaron por completo al vuelo aéreo para convertirse en algunas de las nadadoras más eficientes del planeta. Y eso, independientemente de cualquier debate, ya es motivo suficiente para detenerse unos minutos a observarlas con atención.

 

Perspectiva general de la instalación del Zoo de Barcelona. El diseño recrea los afloramientos de piedra característicos de las zonas de nidificación del Pacífico sudamericano. En la imagen se aprecia la convivencia diaria de la colonia de pingüinos con las gaviotas reidoras de la fauna urbana barcelonesa, un fenómeno habitual de competencia oportunista por el espacio y el alimento.

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📍 Lugar:   Zoo de  Barcelona 
📅 Fecha de observación: 9 de diciembre-2025 
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