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FotoBirding en Sant Adrià de Besòs
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domingo, 28 de junio de 2026

Cuando las plumas son mucho más que un adorno




El lenguaje de las plumas.

El pavo real (Pavo cristatus)  es una de esas especies que rara vez pasa desapercibida. Su espectacular plumaje atrae todas las miradas, pero detrás de esa exhibición de colores se esconde una estructura sorprendentemente compleja, donde cada pluma cumple una función que va mucho más allá de lo puramente ornamental.

Cuando el macho despliega su abanico, lo que observamos no es únicamente una demostración de belleza. Se trata de una herramienta de comunicación desarrollada a lo largo de la evolución, en la que el tamaño, la calidad y la disposición de las plumas desempeñan un papel fundamental durante el cortejo.

Uno de los aspectos más llamativos son los conocidos ocelos, esos dibujos circulares que recuerdan a pequeños ojos repartidos por todo el abanico. Estas estructuras forman parte de las largas plumas supracaudales, que son las verdaderas protagonistas de la exhibición. Curiosamente, las plumas de la cola propiamente dichas permanecen ocultas y actúan principalmente como soporte para sostener todo este despliegue.

Si observamos las plumas de cerca, descubrimos otro detalle. Los intensos tonos azules, verdes y dorados no dependen únicamente de pigmentos. Gran parte de esos colores son el resultado de la llamada coloración estructural, producida por microscópicas estructuras que reflejan la luz de distintas formas según el ángulo desde el que se observen. Por eso los reflejos parecen cambiar constantemente, mostrando matices diferentes con cada movimiento del ave.

Las fotografías también permiten apreciar el contraste entre macho y hembra. Mientras el macho exhibe un plumaje exuberante y llamativo, la hembra presenta colores mucho más discretos. Esta diferencia responde a funciones distintas dentro de la especie: la necesidad de atraer durante el cortejo en un caso y una mayor discreción y camuflaje en el otro.

Más allá del famoso abanico, resulta interesante detenerse en los detalles. El fino dibujo de las plumas del cuello y del dorso, el característico copete que corona la cabeza o la compleja estructura de cada ocelo revelan un nivel de perfección difícil de apreciar a simple vista. Son esos pequeños detalles los que muchas veces convierten una observación aparentemente común en una experiencia mucho más interesante.

Quizá por eso el pavo real sigue despertando admiración allí donde se encuentra. No solo por la espectacularidad de su aspecto, sino porque representa uno de los ejemplos más extraordinarios de cómo la evolución puede transformar algo tan aparentemente simple como una pluma en una auténtica obra de arte natural.

Espero que disfrutéis de esta pequeña selección de imágenes tanto como yo disfruté observando los detalles de una de las aves más vistosas y reconocibles del mundo.

 

Primer plano de los ocelos, los llamativos dibujos que adornan las largas plumas supracaudales del macho y que desempeñan un papel fundamental durante el cortejo.

Plumaje recogido durante un periodo de descanso.

Detalle del copete y la cabeza de un macho adulto.

La coloración discreta de la hembra contrasta con el vistoso plumaje del macho.

Pavo real macho. Aunque suele llamar la atención por su espectacular abanico, incluso con el plumaje recogido muestra los intensos reflejos metálicos que caracterizan a la especie.

 

Mi dibujillo de pavo real con el plumaje desplegado y detalle de una de sus plumas cobertoras  con ocelo. 


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 📍 Lugar:   Zoo de  Barcelona 
📅 Fecha de observación: 9 de diciembre-2025 
🌡️CLIMA : ☀️ Día Soleado, agradable,  (Máx. 17°C / Mín. 9°C) 
📷  Equipo foto : CANON R7 +Obj. 100/400 RF
🔗 En este blog : Zoo de Barcelona 
©️ Todas las imágenes y dibujo : PacoTorres . 

martes, 23 de junio de 2026

Chaja moñudo en el Zoo de Barcelona

 


Mi encuentro con el chajá moñudo en el Zoo de Barcelona

Lo primero que llama la atención al acercarse al recinto no es el propio chajá, sino el contraste que forma con los flamencos de Chile con los que comparte espacio. Entre el rosa intenso de los flamencos destaca inmediatamente la silueta gris, robusta y casi prehistórica del chajá moñudo (Chauna torquata), un ave sudamericana que  consiguió captar mi atención durante mis visita al Zoo de Barcelona. A medida que uno lo observa caminar con tranquilidad sobre la hierba, resulta fácil comprender por qué es una de esas especies que obligan a detenerse unos minutos más de lo previsto.

A primera vista no es sencillo adivinar sus parentescos. Su porte recuerda más al de una avutarda (Otis tarda) o incluso al de un pequeño pavo que al de un anseriforme. Sin embargo, sus parientes más cercanos son los patos, gansos y cisnes. Su plumaje grisáceo, con un fino dibujo escamado, contrasta con el característico collar negro que rodea el cuello y con el discreto mechón de plumas que sobresale de la nuca y que le da el nombre de chajá moñudo.

Mientras observaba a la pareja presente en el recinto, me llamó la atención la serenidad con la que se movían entre los flamencos de Chile (Phoenicopterus chilensis). No parecían prestar demasiada atención a los visitantes y dedicaban buena parte del tiempo a pastar, descansar o vigilar discretamente cuanto ocurría a su alrededor. Esa actitud vigilante tiene sentido si pensamos que en la naturaleza el chajá es famoso por sus potentes llamadas de alarma, audibles a grandes distancias y utilizadas desde hace siglos por los habitantes rurales de Sudamérica como una especie de centinela natural.

Al verlos en un recinto abierto y sin mallas superiores, muchos visitantes se hacen la misma pregunta: ¿por qué no levantan el vuelo y abandonan el zoo? La respuesta no es tan sencilla como parece. Aunque el chajá moñudo es perfectamente capaz de volar y en libertad puede aprovechar las corrientes térmicas para elevarse a gran altura, los ejemplares mantenidos en parques zoológicos suelen estar sometidos a distintas medidas de manejo que evitan las fugas. A ello se suma que disponen de alimento, agua, refugio y la compañía de otros individuos en un entorno estable y seguro, por lo que no muestran ninguna tendencia a abandonar el territorio que consideran suyo.

La convivencia con los flamencos de Chile resulta especialmente interesante porque reproduce una asociación que puede encontrarse en diversos humedales sudamericanos. Ambos comparten espacio sin competir entre sí gracias a que explotan recursos completamente distintos. Mientras los flamencos filtran pequeños organismos del agua mediante su peculiar pico curvado, los chajás se alimentan principalmente de vegetación terrestre y acuática. El resultado es una escena de gran atractivo visual donde dos aves muy diferentes ocupan el mismo hábitat siguiendo estrategias de vida totalmente distintas.

Además de su llamativa apariencia, el chajá posee algunas características poco conocidas. Bajo el plumaje de las alas esconde dos espolones óseos en cada ala que utiliza en disputas territoriales y para defenderse de posibles amenazas. También presenta sacos aéreos subcutáneos que forman parte de su peculiar anatomía y contribuyen a esa imagen tan singular que distingue a la familia de los anhímidos del resto de las aves acuáticas.

Tras un buen rato observándolos y fotografiándolos, me marché con la sensación de haber vuelto a encontrar una de esas especies que suelen pasar desapercibidas frente a aves más vistosas, pero que recompensan con creces a quien les dedica unos minutos de atención. El chajá moñudo no posee los colores espectaculares de los flamencos que lo acompañan, pero su aspecto inconfundible, su comportamiento tranquilo y su interesante biología lo convierten en uno de los habitantes más curiosos del Zoo de Barcelona.


Caminando con paso firme entre las hojas caídas, el chajá muestra una silueta que recuerda más a una avutarda que a un pariente de los gansos. Su aspecto robusto suele sorprender a quienes descubren por primera vez su verdadera clasificación zoológica.

El fino dibujo escamado del plumaje se aprecia perfectamente en esta imagen. Aunque parece un ave pesada y terrestre, en libertad puede remontar grandes alturas aprovechando las corrientes térmicas.

El característico collar negro permite identificar fácilmente a la especie. También se aprecia el pequeño moño de plumas que le da nombre y le aporta una expresión muy particular.

Bajo las alas se esconden dos espolones córneos utilizados para la defensa y los enfrentamientos territoriales. Pocas aves acuáticas cuentan con un sistema defensivo tan llamativo.

Primer plano de la cabeza donde destacan la piel desnuda alrededor de los ojos y el pico corto y robusto, perfectamente adaptado para arrancar brotes y vegetación.

Los chajás forman parejas estables que suelen permanecer juntas durante toda la vida. En los zoológicos es frecuente observarlas desplazándose y descansando siempre en compañía.


Descansar sobre una sola pata es una conducta que comparte con flamencos, patos y otras aves acuáticas. Esta postura ayuda a reducir la pérdida de calor corporal.

El panel informativo del zoo recuerda el origen  de la especie y la importancia de conservar los humedales donde vive de forma natural. Tiene gran tamaño, unos 75 cm de pico a cola, y se considera un símbolo de las pampas  que e encuentra en tres países: Argentina,   Brasil y Uruguay. La Pampa ocupa más de 1 millón de kilómetros cuadrados y es conocido por su vasta llanura

Chajá en primer plano mientras los flamencos aportan un fondo rosado que resalta aún más los tonos grises del plumaje. Una escena que resume perfectamente la convivencia de estas aves sudamericanas en el recinto.


Ilustraciones anatómicas del chajá (Chauna torquata): a la izquierda, estampa típica en los humedales mostrando su envergadura; a la derecha, detalle osteológico del carpometacarpo con la inserción de sus espolones carpianos.
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📍 Lugar:   Zoo de  Barcelona 
📅 Fecha de observación: 9 de diciembre-2025 
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lunes, 22 de junio de 2026

Geografía ornitológica: El nacimiento del anillamiento científico

Capítulo IX. El ave numerada. El nacimiento del anillamiento científico. Hans Christian Cornelius Mortensem. Johannes Thienemann.
 

A finales del siglo XIX, la geografía ornitológica se enfrentaba a una contradicción fundamental. Los naturalistas habían logrado describir especies, delimitar áreas de distribución y reconocer grandes movimientos migratorios, pero seguían sin poder seguir a un individuo concreto a lo largo de su viaje. Los mapas mostraban poblaciones; las aves reales continuaban desapareciendo en el horizonte.

La aparición del anillamiento científico resolvió por primera vez este problema. Al asignar una identidad única a cada ave mediante un pequeño anillo metálico numerado, los investigadores pudieron reconstruir trayectorias individuales a través de continentes enteros. La migración dejó de ser una hipótesis basada en observaciones dispersas para convertirse en un fenómeno medible y cartografiable.

Este cambio metodológico transformó profundamente la disciplina. La geografía de las aves dejó de centrarse únicamente en dónde estaban las especies para preguntarse cómo se desplazaban entre territorios, qué rutas seguían y con qué fidelidad regresaban a sus lugares de origen. Nacía así una nueva forma de entender el espacio biológico: una geografía construida a partir del movimiento de individuos identificables.

El ave disecada, símbolo de la ornitología del siglo XIX, cedía paso al ave viva. Y con ella surgía una nueva cartografía, formada no por manchas de distribución estática, sino por líneas que conectaban lugares distantes del planeta y revelaban la dimensión dinámica de la biosfera.

Los precedentes rudimentarios y el hito del aluminio

Los intentos de marcar aves para comprobar si regresaban al mismo lugar eran anteriores al anillamiento científico. Sin embargo, todos ellos adolecían del mismo problema: carecían de un sistema estandarizado y de un mecanismo que permitiera compartir la información más allá del observador original.

Uno de los ejemplos más conocidos fue el de John James Audubon (1785-1851). En 1803, mientras observaba una colonia de sayones (Sayornis phoebe) en Pensilvania, colocó finos hilos de plata en las patas de varios pollos. Al año siguiente comprobó que algunos de ellos habían regresado a la misma zona de reproducción. El experimento demostraba la fidelidad territorial de las aves, pero seguía siendo una observación local imposible de ampliar a gran escala.

La verdadera revolución llegó en Dinamarca en 1899. Ese año, el maestro de escuela Hans Christian Cornelius Mortensen (1856-1921) comenzó a utilizar pequeños anillos de aluminio grabados con un número individual y una dirección postal. Sus primeros trabajos se realizaron con estorninos (Sturnus vulgaris), aunque pronto extendió el método a cigüeñas, patos y aves rapaces.

 

Los anillos de aluminio introducidos por Hans Christian Cornelius Mortensen en 1899 permitieron identificar individualmente a cada ave y transformaron la migración en un fenómeno medible.

 

La genialidad de Mortensen no residía únicamente en el empleo del aluminio, un material ligero y resistente, sino en la creación de un sistema de información distribuido. Cada ave llevaba una identidad única y cualquier persona que encontrara posteriormente aquel individuo podía comunicar el hallazgo por correo. El territorio entero se convertía así en una inmensa red de observación.

Por primera vez, una misma ave podía generar información geográfica en distintos lugares y momentos de su vida. El individuo dejaba de ser un ejemplar anónimo para convertirse en una unidad de análisis espacial.

La institucionalización del territorio: las estaciones ornitológicas

El éxito del método mostró rápidamente sus posibilidades. Sin embargo, también puso de manifiesto una necesidad evidente: para obtener datos significativos era preciso marcar miles de aves y organizar de forma rigurosa la información recibida.

La solución llegó mediante la creación de estaciones ornitológicas permanentes situadas en puntos estratégicos de las grandes rutas migratorias.

La más influyente fue la Estación Ornitológica de Rossitten (Vogelwarte Rossitten), fundada en 1901 por Johannes Thienemann (1863-1938) en el istmo de Curlandia, entonces parte de Prusia Oriental y actualmente dividido entre Rusia y Lituania. Este estrecho cordón litoral del mar Báltico actuaba como un auténtico embudo migratorio por el que pasaban millones de aves cada otoño.

 

La Estación Ornitológica de Rossitten, fundada por Johannes Thienemann en 1901, se convirtió en el principal centro europeo de anillamiento y estudio de las migraciones.

Rossitten y el nacimiento del anillamiento científico. A la izquierda, situación de la Estación Ornitológica de Rossitten en el istmo de Curlandia, uno de los principales corredores migratorios del norte de Europa. A la derecha, modelos de anillos metálicos utilizados por la estación a comienzos del siglo XX. La combinación de una ubicación estratégica y un sistema de identificación individual permitió transformar la migración de las aves en un fenómeno susceptible de estudio geográfico y cartográfico. (Fuente: Vogelwarte Rossitten, ca. 1910).


 

Rossitten se convirtió en un laboratorio geográfico al aire libre. Allí se perfeccionaron métodos de captura inocua mediante grandes redes de embudo que permitían atrapar, anillar y liberar miles de aves en poco tiempo. El objetivo ya no era coleccionar ejemplares muertos para los museos, sino generar información sobre individuos vivos en movimiento.

La experiencia fue pronto imitada en otros lugares. En 1910 se creó la estación de Helgoland, en el mar del Norte, y durante las décadas siguientes diversos países desarrollaron programas nacionales de anillamiento coordinados por instituciones científicas. La observación aislada dejaba paso a una red internacional de recopilación de datos.

La geografía física y la geografía biológica convergían de forma definitiva. Cabos, islas, estrechos, penínsulas e istmos se transformaban en observatorios privilegiados para estudiar los flujos migratorios del planeta.

La cartografía de vectores: rutas, dispersión y filopatría

A medida que las recuperaciones comenzaron a acumularse, los mapas adquirieron una dimensión completamente nueva. Cada anillo recuperado aportaba dos coordenadas precisas: el lugar donde el ave había sido marcada y el lugar donde había sido encontrada posteriormente.

La unión de esos puntos generó las primeras representaciones fiables de los movimientos migratorios.

El concepto de ruta migratoria dejó de ser una conjetura para convertirse en una realidad cartográfica. Los datos obtenidos por las estaciones europeas permitieron demostrar, por ejemplo, que las poblaciones occidentales de la cigüeña blanca (Ciconia ciconia) cruzaban hacia África a través del estrecho de Gibraltar, mientras que las orientales utilizaban la vía del Bósforo y Oriente Próximo. Lo que antes era una sospecha pasó a estar respaldado por cientos de trayectorias individuales.

  

Los datos obtenidos mediante anillamiento permitieron identificar las principales autopistas migratorias que conectan Europa con África

 

El anillamiento también reveló la importancia de la dispersión juvenil. Los jóvenes no siempre reproducían exactamente los movimientos de los adultos, sino que podían expandirse radialmente desde su lugar de nacimiento, colonizando nuevos territorios y facilitando el intercambio genético entre poblaciones.

Pero quizá el descubrimiento más sorprendente fue la filopatría. Los números grabados en los anillos demostraron que muchas aves eran capaces de regresar año tras año a lugares extraordinariamente precisos. Individuos que habían recorrido miles de kilómetros entre Europa y África reaparecían en el mismo tejado, el mismo carrizal o incluso el mismo árbol utilizado anteriormente para reproducirse.

La escala de análisis cambió radicalmente. La geografía ornitológica pasó de estudiar continentes y regiones a examinar la relación entre un individuo concreto y un punto específico del territorio.

El sesgo antropogénico: los límites del metal

Pese a su enorme importancia, el anillamiento científico tenía una limitación fundamental. El sistema dependía de que alguien encontrara el ave marcada y comunicara posteriormente la información.

En consecuencia, la calidad de los datos no dependía únicamente del comportamiento de las aves, sino también de la distribución de la población humana.

Las recuperaciones eran abundantes en Europa occidental y Norteamérica, donde existían altas densidades de población, redes postales eficientes y una importante tradición cinegética. En cambio, los mapas se volvían silenciosos cuando las aves atravesaban océanos, desiertos o extensas regiones tropicales escasamente habitadas.

La consecuencia era una cartografía fragmentaria. Las líneas aparecían y desaparecían siguiendo la presencia humana más que el recorrido real de los animales. Los vacíos cartográficos no indicaban necesariamente ausencia de aves, sino ausencia de observadores.

El anillo había permitido identificar individuos y reconstruir grandes trayectorias migratorias, pero seguía mostrando únicamente dos momentos del viaje: el punto de partida y el punto de llegada. Todo lo que ocurría entre ambos permanecía oculto.

Del mapa al mecanismo

 

Esquema "Del ave disecada al ave numerada"

 

Hacia la década de 1920, el anillamiento había resuelto uno de los grandes enigmas heredados del siglo XIX: las aves migraban realmente entre continentes y podían regresar después a lugares extraordinariamente precisos. Sin embargo, cuanto más detallados se volvían los mapas, más evidente resultaba una nueva pregunta.

Si las rutas estaban ya identificadas, ¿cómo encontraban las aves el camino?

Los anillos permitían saber dónde había estado un individuo, pero no explicaban cómo era capaz de orientarse durante el viaje. Los mapas mostraban el resultado final del desplazamiento, pero no los mecanismos que lo hacían posible.

La geografía ornitológica había alcanzado así una nueva frontera. Tras descubrir las rutas invisibles del planeta, los investigadores comenzaron a preguntarse por las herramientas de navegación que permitían recorrerlas.

El problema ya no consistía en localizar a las aves sobre el mapa, sino en comprender el mapa que las aves parecían llevar en su interior.

 

 


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jueves, 18 de junio de 2026

Los polluelos de garza real cumplen un mes

Hoy he vuelto a acercarme al Parc Fluvial del Besòs, concretamente al tramo de Sant Adrià de Besòs, para comprobar la evolución de los polluelos de garza real (Ardea cinerea) cuya nidificación ya comenté en una entrada anterior de este blog. 

Ha transcurrido aproximadamente un mes desde el nacimiento de los jóvenes y el cambio resulta evidente. A estas alturas ya muestran un tamaño considerable y van dejando atrás el aspecto característico de sus primeros días de vida. El plumaje juvenil comienza a desarrollarse y su silueta recuerda cada vez más a la de los ejemplares adultos, aunque todavía les queda camino por recorrer antes de alcanzar la total independencia.
 
Durante la observación pude distinguir claramente a dos polluelos en la estructura del nido. Uno de ellos permanecía erguido, estirando el cuello y atento a cuanto ocurría a su alrededor, mientras que el segundo descansaba echado entre las ramas secas. De este último apenas era visible el ojo, que asomaba con fijeza entre el entramado de ramas y las hojas que rodean el nido.
 
Dos  jóvenes de garza real en el nido. Uno permanece erguido observando el entorno mientras el segundo descansa entre las ramas, dejando visible únicamente el ojo.

El desarrollo de los polluelos es ya evidente un mes después de su nacimiento. El ejemplar en pie muestra una silueta y un perfil aguzado cada vez más próximos a los de un adulto.

La estructura del nido queda parcialmente oculta entre las hojas del árbol. En la parte inferior puede apreciarse la mirada del segundo pollo mientras permanece echado y resguardado entre las ramas.

La pareja reproductora continúa ofreciendo una magnífica oportunidad para observar el ciclo de cría de la especie. Si todo sigue su curso normal, en las próximas semanas los jóvenes continuarán ganando tamaño y fuerza hasta alcanzar la fase previa a sus primeros vuelos.
 
Hasta el momento puedo constatar que el desarrollo de los polluelos progresa con normalidad y que el nido mantiene una actividad constante.
 
 
La actividad en los alrededores del nido es constante.  Los dos  adultos reproductores permanecen posados en el  álamo blanco (Populus alba) vigilando a sus crías. 
 
Los próximós días coincidirá prácticamente con la festividad de Sant Joan, una fecha marcada por el uso intensivo de petardos. Será interesante observar si esta circunstancia tiene alguna incidencia sobre el comportamiento de las garzas durante una fase especialmente sensible de la crianza.
 
 
Como complemento a las fotos, añado estas tres acuarelas de mi cosecha . Son un pequeño recuerdo que resume las etapas de la crianza: los primeros días en el nido, la ceba y el estado actual de los polluelos en el álamo.

 
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📍 Lugar: Parc Fluvial Besòs- Sant Adrià de Besòs 
📅 Fecha de observación: 18 de junio-2026
🌡️CLIMA : 🌞 Soleado  (Máx. 26°C / Mín. 22°C) , 1018 hPa. ; HR: 64%
📷  Equipo foto :  Canon R7 + 100/400 RF
🔗 En este blog : Garza real con sus pollos 
©️ Todas las imágenes de PacoTorres