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FotoBirding en Sant Adrià de Besòs
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lunes, 27 de abril de 2026

El moño de cogujada común


El rasgo que más define a la cogujada común (Galerida cristata) es, sin duda, su moño. En una zona agraria, donde el ave pasa gran parte del tiempo en el suelo, este conjunto de plumas puede aparecer bien erguido —como se aprecia en estas capturas— o más aplanado, dependiendo del momento. Esa variabilidad le da una silueta cambiante, que a veces resulta muy llamativa y otras mucho más discreta.
Desde el punto de vista funcional, el moño actúa como un sistema de señalización visual. No está siempre “en punta” porque el ave regula su posición mediante pequeños músculos en la base de las plumas. Cuando está alerta o interactuando con otros individuos, la cresta se eleva y se hace más visible; en cambio, en situaciones de calma, tiende a plegarse hacia atrás, reduciendo su perfil. No es un adorno pasivo, sino un recurso expresivo bastante eficiente.


En términos de estructura, estas plumas del píleo no son especiales en composición, pero sí en longitud y disposición. Son más largas y permiten ese efecto de cresta cuando se levantan. Este tipo de plumaje cefálico aparece en varias especies de aves terrestres, donde la comunicación visual a corta distancia es clave. En el caso de la cogujada, la cresta se ha convertido en un rasgo estable, aunque su forma final dependa siempre de la postura del animal.


Por último, el moño no rompe el camuflaje general del ave, algo fundamental en ambientes abiertos. Sus tonos pardos y el veteado continúan la misma lógica que el resto del plumaje, integrándose con el suelo seco y los restos vegetales. Incluso cuando está levantado, no genera un contraste fuerte, lo que indica que hay un equilibrio claro entre visibilidad para comunicarse y discreción para evitar riesgos de depredación.

 


La posición del moño delata el estado de atención del ejemplar ante cualquier movimiento en su entorno.

Camuflaje cromático impecable entre los terrones de tierra y la vegetación seca.

Cogujada común. Galerida cristata. Cogullada vulgar. Crested Lark.

domingo, 26 de abril de 2026

Chorlitejo grande: una cita inusual en Parc Fluvial Besòs





Hoy en el Parc Fluvial del Besòs, en el tramo de Sant Adrià, he localizado un ejemplar de Chorlitejo grande (Charadrius hiaticula). Se trata de una especie poco habitual en esta zona del río; el histórico de Ornitho.cat apenas muestra media docena de registros por encima de la desembocadura, ya que es un ave mucho más vinculada a la línea de costa. El ejemplar se encontraba a unos 2 kilómetros del mar, aprovechando los sedimentos en un entorno totalmente condicionado por la ingeniería humana.

El ave estaba en una de las pequeñas playas de limo que se forman en las orillas. En este sector, el río fluye con fuerza encajonado, pero la densidad de las vegetación en la ribera frena la corriente y permite que se deposite el limo. Son superficies muy inestables que aparecen y desaparecen según el nivel del agua y el funcionamiento de las gomas que crean las balsas, pero que resultan esenciales para que las limícolas puedan alimentarse en pleno centro del parque.

Durante la jornada también se dejó ver una Garza imperial (Ardea purpurea). Últimamente se están detectando ejemplares en paso por este tramo, aunque rara vez se posan. La fuerte presencia antrópica, con el tránsito constante de personas y perros por el cauce y la pradera, impide que especies tan esquivas se establezcan, limitándose la mayoría de las veces a sobrevolar la zona sin detenerse.
 
En contraste, el chorlitejo (Charadrius hiaticula) solitario compartía el limo con otros chorlitejos chicos (Charadrius dubius), azulones (Anas platyrhynchos), gallinetas (Gallinula chloropus), andarríos chicos (Actitis hypoleucos) e incluso algún conejo (Oryctolagus cuniculus). Es un ejemplo de cómo estas manchas de sedimento, aunque efímeras y rodeadas de cemento, son aprovechadas por aves en dispersión que logran encontrar un resquicio de alimento entre la presión urbana y la fuerza del agua.
 
 
Esta serie de imágenes documenta una cita poco común en el tramo central del Parc Fluvial del Besòs. Las fotografías captan a un ejemplar de Chorlitejo grande (Charadrius hiaticula) alimentándose en un entorno que, a primera vista -recuadro rojo-, parece hostil para la especie: un cauce encajonado a 2 kilómetros de la costa

 
 
Charadrius hiaticula, Chorlitejo Grande, Corriol gros, Common Ringed Plover.




La lista de hoy en Ornitho.cat resume bastante bien lo que es pajarear en el Parc Fluvial del Besòs: por un lado, la cita del Chorlitejo grande (Charadrius hiaticula), poco habitual en este tramo; por otro, la cara opuesta, una Garza imperial (Ardea purpurea) que venía con intención de posarse pero se dio la vuelta a la altura del puente del tren, seguramente por la presencia constante de gente y perros ocupando orillas y cauce. Al final es la realidad del Besòs: un espacio donde las aves no simplemente están, sino que llegan y permanecen por más o menos tiempo dependiendo de la tranquilidad que encuentran. Unas logran quedarse y otras, como la imperial, ni siquiera llegan a posarse.



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📍 Lugar: Parc Fluvial Besòs . Sant Adrià de Besòs 
📅 Fecha de observación: 26 de abril-2026
🌡️Clima :  🌤️ Mayormente despejado; Temp.Máx.23°C/ Mín.15°C; P.atm.:1019 hPa; 
V.Viento hasta: 13Km/hora;  HR: 53% ; Visibilidad: 31Km. ïndide UV: 5 
📷  Equipo foto :Nikon P950 
🔗 Link en este blog :Charadrius hiaticula,
©️ Todas las imágenes  PacoTorres
 

Geografía ornitológica : Nombrar el Mundo

IV: Carlos Linneo y la creación de un sistema de clasificación universal. La taxonomía como herramienta imprescindible para manejar la creciente cantidad de especies descritas.



La expansión geográfica del conocimiento, intensificada entre finales del siglo XVII y todo el siglo XVIII, alteró de forma irreversible la manera en que los naturalistas se enfrentaban a la diversidad del mundo vivo. A medida que las rutas comerciales y las expediciones científicas conectaban continentes antes aislados, comenzaron a llegar a Europa miles de especímenes desconocidos. No se trataba solo de nuevas especies, sino de una multiplicación de formas de vida que desbordaban cualquier intento previo de comprensión. Las aves, en particular, se convirtieron en uno de los grupos más visibles de esta explosión de diversidad: por su abundancia, su variabilidad morfológica y su amplia distribución, pasaron rápidamente de ser referencias locales a constituir un problema científico de escala global.

En este nuevo escenario, el conocimiento tradicional resultaba insuficiente. Los nombres vernáculos, ligados a lenguas y regiones específicas, no permitían establecer equivalencias fiables. Una misma especie podía recibir denominaciones distintas en diferentes territorios, mientras que nombres similares podían aplicarse a aves completamente distintas. La descripción mediante frases largas en latín —la nomenclatura polinomial— tampoco resolvía el problema: era imprecisa, redundante y difícil de estandarizar. Lo que estaba en juego ya no era solo nombrar, sino construir un sistema que hiciera posible comparar.

Es en este contexto donde emerge la figura de Carlos Linneo (Suecia, 1707–1778), quien comprendió que la acumulación de datos sin estructura conducía al colapso del conocimiento. En 1735, con la publicación de Systema Naturae, propuso una solución que no solo simplificaba la nomenclatura, sino que redefinía la forma de pensar la naturaleza. Su sistema binomial, basado en la combinación de género y especie, permitió asignar a cada organismo un identificador único, breve y universal. Así, una ave como el gorrión común quedaba fijada como Passer domesticus, independientemente del idioma o del lugar donde fuera observada.
 
El naturalista sueco Carlos Linneo uno de los científicos más importantes del siglo XVIII,  fue el artífice de la clasificación de los tres reinos de la naturaleza (animal, vegetal y mineral) que todavía hoy utilizan los científicos.


Pero el alcance de la propuesta de Linneo va mucho más allá de una reforma terminológica. Su verdadero logro fue construir una arquitectura jerárquica del mundo vivo. Al organizar los organismos en niveles —reino, clase, orden, género y especie— introdujo un principio de orden que permitía integrar nuevas observaciones sin destruir la coherencia del sistema. Cada nueva especie descubierta en América, África o Asia podía ubicarse dentro de una estructura ya existente, lo que convertía la expansión del conocimiento en un proceso acumulativo y no caótico.

En el ámbito de la ornitología, esta sistematización tuvo efectos inmediatos. Las aves comenzaron a clasificarse según criterios morfológicos comparables: la forma del pico, la disposición de las patas, el tipo de alimentación. Aunque estos criterios eran descriptivos y no evolutivos —Linneo defendía la inmutabilidad de las especies—, proporcionaban una base sólida para la comparación entre formas geográficamente separadas. Por primera vez, era posible afirmar que dos aves observadas en continentes distintos pertenecían al mismo género o que compartían afinidades estructurales.

Este cambio metodológico transformó la naturaleza misma de la observación. Las aves dejaron de ser entidades aisladas para convertirse en unidades dentro de un sistema relacional. El interés ya no se centraba únicamente en describirlas, sino en entender cómo se distribuían y cómo se relacionaban entre sí. La pregunta clave dejó de ser “¿qué especie es esta?” para convertirse en “¿dónde aparece esta especie y qué relación guarda con otras similares?”. En ese desplazamiento se encuentra el germen de la biogeografía.

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, naturalistas formados en la tradición linneana comenzaron a utilizar esta herramienta para explorar patrones espaciales. Entre ellos destaca Alexander von Humboldt (1769–1859), quien durante sus viajes por América entre 1799 y 1804 aplicó una lógica comparativa a gran escala. Humboldt no solo recolectaba especies; registraba su posición geográfica, su altitud, su relación con el clima. Gracias a la estabilidad de los nombres científicos, pudo correlacionar la presencia de determinadas aves con variables ambientales, inaugurando una forma de análisis que vinculaba biología y geografía de manera sistemática.

Este enfoque permitió detectar patrones fundamentales: la existencia de especies similares en regiones separadas, la sustitución de unas formas por otras a lo largo de gradientes geográficos, la presencia de conjuntos de especies característicos de determinadas áreas. Aparecía así la noción de regiones biogeográficas, espacios definidos no por fronteras políticas, sino por la coherencia de sus comunidades biológicas. Las aves, por su movilidad y diversidad, se convirtieron en indicadores privilegiados de estos patrones.
 
Sin embargo, aún faltaba un elemento clave para completar el cuadro: el tiempo. El sistema de Linneo ordenaba, pero no explicaba el origen de ese orden. Esa dimensión histórica sería introducida por Charles Darwin (1809–1882), quien reinterpretó la clasificación como el resultado de procesos evolutivos. Durante su viaje en el Beagle entre 1831 y 1836, Darwin observó cómo especies de aves estrechamente relacionadas se distribuían de manera distinta en islas y continentes. Estas observaciones, imposibles de articular sin un sistema taxonómico previo, le llevaron a plantear que las especies no eran entidades fijas, sino poblaciones que cambiaban a lo largo del tiempo.
 
Cuando Darwin publica On the Origin of Species en 1859, la taxonomía linneana adquiere un nuevo significado. Las similitudes que antes servían para clasificar pasan a interpretarse como evidencia de ascendencia común. La jerarquía deja de ser un simple orden lógico para convertirse en un árbol histórico. En este nuevo marco, la distribución geográfica de las aves ya no es solo un dato descriptivo, sino una pista sobre su origen y dispersión.
 
Así, el proceso iniciado por Linneo alcanza su plena dimensión. Nombrar el mundo no fue únicamente un acto de organización, sino la condición de posibilidad para comprenderlo. Al transformar la diversidad en un sistema legible, la taxonomía permitió integrar observaciones dispersas, identificar patrones globales y, finalmente, plantear explicaciones sobre el origen y la distribución de la vida.
 

Este cambio es decisivo. Las aves dejan de ser objetos de contemplación local para convertirse en elementos de un sistema planetario, donde cada especie ocupa una posición definida en el espacio y, progresivamente, también en el tiempo. En sentido estricto, Carlos Linneo no desarrolló una teoría biogeográfica formal ni delimitó regiones como se hará más adelante en el siglo XIX; su marco seguía siendo estático y, en gran medida, centrado en la idea de un origen único de las especies. Sin embargo, sí introdujo una intuición clave: la distribución de los organismos no es arbitraria.

Linneo sostenía que muchas especies habrían surgido en una región original —a menudo asociada a condiciones ideales, lo que él denominaba el paradisus terrestris, una especie de zona primordial situada en regiones montañosas ecuatoriales— y desde allí se habrían dispersado hacia otras áreas del planeta conforme cambiaban las condiciones ambientales. Aunque esta hipótesis era aún especulativa, implicaba ya una lectura espacial de la diversidad. Además, en sus trabajos y en los de sus discípulos comenzó a reconocerse que ciertas faunas eran características de grandes ámbitos geográficos: Europa, África, Asia y América no solo eran continentes, sino conjuntos diferenciados de especies.

Este reconocimiento, todavía incipiente, abría la puerta a una idea fundamental: que la distribución de las aves responde a patrones, no a casualidades. A partir de ahí, el desarrollo posterior de la biogeografía transformará esa intuición en un sistema explícito de regiones biogeográficas, como la Neártica, Neotropical, Paleártica, Etiópica u Oriental. Pero ese paso solo fue posible porque Linneo había fijado previamente las unidades básicas —las especies— y había hecho comparables las observaciones a escala global.

Así, el orden impuesto por la taxonomía no solo permitió nombrar, sino también empezar a situar. Las aves dejaron de ser presencias aisladas para convertirse en indicadores de grandes dominios naturales. Y en ese tránsito, la expansión del conocimiento no solo obligó a ordenar la diversidad: obligó a pensarla en términos espaciales, sentando las bases para que, más adelante, pudiera ser explicada como el resultado de procesos históricos, geográficos y evolutivos.


Portada de la décima edición de Systema Naturae (1758). En este volumen, Carlos Linneo estableció las bases de la nomenclatura binominal que todavía usamos hoy. Esta edición es considerada el punto de partida oficial de la zoología moderna, donde cada animal y planta recibió, por primera vez, un nombre científico universal y único."



Mapamundi de John Senex (1711). Publicado apenas cuatro años después del nacimiento de Linneo, este mapa fue 'corregido' con datos de la Royal Society de Londres. Representa el cambio de mentalidad de la época: la transición del mapa como obra artística al mapa como documento científico. Esta misma ambición de corregir, medir y ordenar el mundo fue la que llevó a Carlos Linneo a crear su sistema universal de clasificación clasificación de los seres vivos.

 


Para la ornitología geográfica, el mapa de Senex es ideal porque incluye las coordenadas y observaciones científicas que Linneo necesitaba para situar las especies.

Mientras Carlos Linneo permanecía en la quietud de su jardín botánico en Uppsala (Suecia) , su mente habitaba en cada rincón del planeta. Sabía que su Systema Naturae era un mapa incompleto, una red tendida sobre la naturaleza con demasiados vacíos aún por resolver. Para remendarla, reclutó a sus mejores estudiantes. No los envió como soldados, sino como cronistas de la vida. Aquellos jóvenes, sus “apóstoles”, fueron quienes dieron alas a su sistema y coordenadas a la ornitología.

El primero de ellos fue Pehr Löfling, apenas un joven de 22 años, quizá el discípulo más cercano a Linneo. En 1751 fue enviado a España y posteriormente su destino lo llevó hasta las brumas del Orinoco, en Venezuela, convirtiéndose en uno de los primeros naturalistas formados en el método linneano en pisar tierra sudamericana. En las selvas de Guayana observó aves que desafiaban cualquier clasificación europea previa: tucanes de picos desmesurados y colibríes que parecían fragmentos vivos de luz. Su trabajo no se limitó a la descripción superficial, sino que registró también la distribución ecológica de cada especie dentro de la selva. Sin embargo, el entorno fue implacable y murió a los 27 años víctima de las fiebres, a orillas del río Caroní. Sus notas, enviadas póstumamente a Suecia, se convirtieron en un legado fundamental para las primeras descripciones del Neotrópico.

Otro de los grandes impulsores del sistema fue Daniel Solander, quien a los 35 años participó en la expedición del Endeavour junto al capitán James Cook. Su viaje marcó un antes y un después en la escala del conocimiento biológico, al ser uno de los primeros naturalistas en estudiar la avifauna de Australia y Nueva Zelanda bajo criterios sistemáticos. Sus registros permitieron comprender que las especies de Oceanía no eran simples extensiones de la fauna europea, sino parte de ecosistemas profundamente aislados y únicos, lo que contribuyó decisivamente al nacimiento de la biogeografía insular.

En el hemisferio oriental, otros discípulos ampliaron el alcance del sistema linneano. Pehr Osbeck, con 27 años, viajó hacia China y Java, observando la avifauna marina y documentando cómo las especies cambiaban progresivamente al cruzar distintas latitudes oceánicas, aportando datos esenciales para el estudio de las aves pelágicas. Por su parte, Fredrik Hasselquist y Peter Forsskål exploraron el Cercano Oriente y el entorno del Mar Rojo. Hasselquist describió la fauna del Nilo antes de morir en Esmirna, mientras que Forsskål se adentró en Yemen para clasificar especies del desierto y zonas áridas. Ambos sucumbieron a enfermedades del terreno, pero sus manuscritos lograron sobrevivir y preservaron el conocimiento de numerosas especies del mundo árabe.

Entre los más resistentes destacó Anders Sparrman, que con apenas 24 años exploró el Cabo en Sudáfrica y más tarde se unió a una de las expediciones de Cook, llegando incluso a cruzar el círculo polar antártico. Sus observaciones de aves adaptadas al frío extremo y a la vida en el hemisferio sur reforzaron la idea de que la distribución geográfica era un factor determinante en la morfología y la evolución de las especies.

De los diecisiete apóstoles originales, varios no regresaron con vida, pero sus aportes transformaron profundamente la ciencia. Gracias a sus diarios, Linneo pudo consolidar un lenguaje universal para describir la naturaleza y, con ello, unificar el planeta bajo un mismo sistema de clasificación. En el ámbito de la ornitología geográfica, estos exploradores representan un punto de inflexión: demostraron que una especie no es solo forma y color, sino también una coordenada precisa dentro de un mapa global. Cuando Linneo escribía la palabra Habitat desde su despacho en Uppsala, lo hacía con el conocimiento construido a partir del trabajo, el sacrificio y, en muchos casos, la vida de sus apóstoles, quienes transformaron un mundo fragmentado en un sistema vivo, conectado y científicamente infinito.

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 🔗 Link en este blog: Geografía ornitológica .
Cap. I : Cartografía primitiva y bestiarios .
Cap. II : Los Clásicos – Aristóteles y Plinio ante el Enigma Alado .
Cap. III : El fin de los mitos. El caso de la “Pfeilstorch”

Cap. IV : Nombrar el Mundo: Carlos Linneo


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sábado, 25 de abril de 2026

Cementerio de Montjuïc: territorio de la gaviota patiamarilla



 
En el cementerio de Montjuïc no dominan esas aves que solemos asociar con la paz o la trascendencia, como la paloma doméstica (Columba livia). Golondrinas (Hirundo rustica), aviones comunes (Delichon urbicum) y vencejos (Apus apus) atraviesan el cielo según la época, pero pasan. No se quedan.Lo que domina aquí son las gaviotas patiamarillas (Larus michahellis). Posadas en cruces, alineadas en nichos, controlando el terreno con una naturalidad absoluta. Abajo, la presencia humana es mínima: algún visitante puntual, los trabajadores del recinto. Poco más. El resto del tiempo, el lugar queda en manos de ellas. Un silencio que, en realidad, nunca es completo: siempre está atravesado por el ruido del tráfico y el fondo industrial del puerto.

Eso no significa que estén solas. El cementerio tiene más vida de la que parece a primera vista. Entre los caminos y la vegetación aparecen urracas (Pica pica), verdecillos (Serinus serinus), y abubillas (Upupa epops) con bastante facilidad. Se mueven a otro nivel, más bajo, más discreto, ligados al suelo y a los márgenes. Pero ninguna de ellas ocupa el espacio vertical como lo hacen las gaviotas. Ninguna convierte las cruces en atalayas.

No deja de ser llamativo que esta ave ya aparezca señalada en La Biblia,  de forma explícita entre las especies consideradas impuras, dentro de una lista de depredadores y oportunistas que hoy reconoceríamos por su eficacia biológica:

“De las aves, estas tendréis en abominación; no se comerán: el águila, el quebrantahuesos, el águila pescadora  el milano, el buitre según su especie; todo cuervo según su especie; el avestruz, la lechuza, la gaviota y el gavilán según su especie...” (Levítico 11:13–16)

Ese “según su especie” funciona casi como una clasificación ecológica primitiva. Las aves se agrupaban por lo que hacían. Era un "paraguas funcional" que prohibía a familias enteras de aves sin entrar en detalles morfológicos.

Desde lo alto de Montjuic , las patiamarillas dominan el horizonte. Las cruces y los panteones no son símbolos para ellas, sino estructuras útiles: altura, visibilidad, control. Al fondo, el puerto sigue funcionando, ajeno a todo. Y en medio, ese equilibrio extraño donde la actividad humana y la biología más básica conviven sin tocarse del todo.

Mientras acompaño a David Perpiñán, que está filmando para Concolor Media un documental sobre aves en Barcelona, la escena se completa en los detalles: huevos perfectamente camuflados entre la piedra, pollos que apenas destacan sobre el entorno. Ahí se entiende todo. No es un decorado ni un lugar detenido en el tiempo. Es un hábitat activo.
 
El éxito de la adaptación: del mimetismo a la supervivencia. A la izquierda, el camuflaje extremo de una puesta de gaviota patiamarilla (Larus michahellis); su moteado convierte los huevos en parte del entorno mineral. A la derecha, un pollo de pocos días ya activo y alerta. En el cementerio de Montjuïc, la vida se abre paso sobre la piedra con un pragmatismo absoluto, transformando los rincones más insospechados en un territorio de cría de una eficacia biológica asombrosa.


Dos gaviotas ocupan los pináculos de un panteón. Para ellas, estos monumentos son simples puestos de vigilancia sobre el puerto industrial.

Desde el silencio de las esculturas, el cementerio ofrece una vista directa a las grúas pórtico y los buques de carga, subrayando la paradoja sonora y visual de la zona.

Ellas son las verdaderas y permanentes vigilantes del cementerio, impasibles a la simbología de los monumentos.

La cruz ofrece la altura y la visibilidad perfectas que este animal oportunista busca para dominar su territorio.
Un grupo de patiamarillas adultas patrulla desde un muro del cementerio; al fondo el puerto de Barcelona. Una imagen que resume la paradoja visual de Montjuïc.


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📍 Lugar:  Montjuïc . Barcelona
📅 Fecha de observación: 24 de abril-2026
🌡️CLIMA : 🌤️  (Máx. 21°C / Mín. 16°C) , soleado .
📷  Equipo foto :  Nikon P950
🔗 En este blog : "cementerio" , Gaviota patiamarilla
©️ Todas las imágenes de PacoTorres 
 

viernes, 24 de abril de 2026

Encuentro con el pequeño halcón: Cernícalo primilla


Hay jornadas en el campo que se quedan grabadas, y mi última visita a los Aiguamolls de l’Empordà fue una de ellas. Entre canales, prados y cielos abiertos, apareció una de esas especies que siempre elevan cualquier salida: un Cernícalo primilla (Falco naumanni).

El ejemplar, como se aprecia en la imagen, es un macho adulto. La identificación resulta bastante clara: cabeza gris azulada limpia, dorso rojizo sin moteado negro y ese porte fino y elegante que lo diferencia de su pariente más común, el cernícalo vulgar. Observándolo posado sobre el cable, con esa mirada concentrada, transmite una mezcla de calma y precisión que define perfectamente a la especie.

Uno de los detalles más interesantes del avistamiento fue comprobar que el ave estaba anillada. En la pata se distingue una anilla de lectura a distancia, lo que indica que forma parte de un programa de seguimiento científico. Este tipo de marcaje es clave para entender mejor sus movimientos migratorios —ya que pasan el invierno en África subsahariana—, así como su fidelidad a zonas de cría y dispersión.

Tras registrar la observación en el portal de “Les Marques Especials”, apareció un aviso importante: al tratarse de una especie sensible, las coordenadas exactas no se muestran y la localización en el mapa se presenta de forma imprecisa. Este tipo de medidas son fundamentales para su conservación.

El cernícalo primilla ha sufrido un declive significativo en las últimas décadas, principalmente por la pérdida de hábitat y la desaparición de lugares adecuados para nidificar, como construcciones tradicionales o cavidades. Por ello, proteger la información sobre su localización no es una limitación, sino una herramienta más para garantizar su futuro.

Este encuentro deja fotografía, y una reflexión: observar la naturaleza implica responsabilidad. Disfrutarla, documentarla y, cuando es necesario, también saber guardar ciertos secretos. Me da la sensación de haber presenciado algo especial este pequeño halcón. 
 
Cernicalo primilla. Falco naumanni. Xoriguer petit. Lesser kestrel.
 

El individuo es un macho adulto: cabeza gris azulada bien definida, dorso rojizo sin moteado negro y aspecto más ligero que el Cernícalo vulgar. Se dejó ver posado en cable, activo y vigilante. 

 

Anilla  8|52 

La presencia de esta rapaz hoy es un pequeño triunfo, ya que la especie llegó a desaparecer del Empordà en los años 80 y su recuperación actual es fruto de intensos programas de reintroducción iniciados a finales de esa década. A diferencia del cernícalo vulgar, el primilla es fundamentalmente insectívoro, alimentándose de grandes saltamontes y grillos, lo que lo convierte en un aliado esencial de la agricultura local como plaguicida natural. El marcaje con anillas de PVC, como la que porta este ejemplar, suele estar vinculado a proyectos de cría y seguimiento en colonias monitorizadas, donde el uso de cajas nido y silos adaptados ha sido clave para suplir la falta de huecos en construcciones antiguas.

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📍 Lugar: Parc Natural dels Aiguamolls de l'Empordà 
📅 Fecha de observación: 14 de abril-2026
🌡️Clima :  🌤️ Mayormente despejado; Temp.Máx.17°C/ Mín.11°C; 
📷  Equipo foto : Canon R7 + Obj. 100-500 RF
🔗 Link en este blog :Aiguamolls de l'Empordà
©️ Todas las imágenes  PacoTorres

jueves, 23 de abril de 2026

Geografía ornitológica : El fin de los mitos

III: El fin de los mitos. El caso de la “Pfeilstorch”. 


Durante buena parte de la historia europea, el invierno no solo vaciaba los campos y los humedales: también dejaba un vacío intelectual difícil de asumir. Las aves desaparecían sin dejar rastro y, ante la imposibilidad técnica de seguirlas, el pensamiento naturalista optó por soluciones que hoy consideramos erróneas pero que entonces encajaban dentro de una lógica aceptable. Aristóteles (384–322 a.C.), en su Historia Animalium, defendía en Grecia que no existía tal desaparición, sino una transformación estacional: el colirrojo real (Phoenicurus phoenicurus) “pasaba a ser” el petirrojo (Erithacus rubecula) con la llegada del frío. Siglos más tarde, en Suecia, autores como Olaus Magnus (1490–1557) describían en su obra de 1555 escenas en las que las golondrinas (Hirundo rustica) se agrupaban en masas compactas para sumergirse en el lodo de lagunas y ríos, entrando en una suerte de hibernación acuática. Y en el ámbito más especulativo, el clérigo inglés Charles Morton (1627–1698), hacia 1680, llegó a calcular el tiempo que tardarían las cigüeñas en viajar hasta la Luna para pasar allí el invierno.

Incluso durante el Siglo de las Luces, la resistencia a la idea de la migración era feroz. El mismísimo Carl Linneo(1707–1778), padre de la taxonomía moderna, seguía sosteniendo en su Systema Naturae (1758) que las golondrinas pasaban el invierno bajo el agua en los países del norte. Era tal el debate en la Inglaterra de mediados del siglo XVIII que figuras como Gilbert White (1720–1793), el célebre naturalista de Selborne (Hampshire, Inglaterra), pasaron años escudriñando los acantilados y los techos de las iglesias buscando aves dormidas. Se cuenta que incluso se llegó a financiar a pescadores británicos para que arrastraran sus redes por el fondo de los ríos en pleno enero, con la esperanza de extraer "racimos de golondrinas" en letargo. Evidentemente, solo encontraban fango y restos vegetales, pero la falta de una prueba alternativa mantenía viva la leyenda de la hibernación.

Ese marco teórico comenzó a resquebrajarse de forma abrupta el 21 de mayo de 1822, en las inmediaciones de Bothmer, en el estado de Mecklemburgo (Alemania). Allí fue recuperado un ejemplar de cigüeña blanca (Ciconia ciconia) que presentaba una anomalía imposible de encajar en las teorías vigentes: una lanza de madera, de aproximadamente 75 centímetros, atravesaba longitudinalmente su cuello. El ave había sobrevivido a la herida y, lo que es más significativo, había completado su viaje de retorno hacia Europa central.

 


 

El análisis del objeto resultó decisivo. La morfología de la punta, el tipo de madera y la técnica de ensamblaje no correspondían a ninguna tradición europea. El barón Christian Ludwig von Bothmer (1773–1848), quien examinó el hallazgo en sus tierras, pudo determinar que todo apuntaba a un origen en regiones del África subsahariana, posiblemente de la zona de Sudán o Etiopía. Aquella cigüeña —la primera Pfeilstorch, literalmente “cigüeña de flecha”— se convirtió en una evidencia empírica imposible de refutar: el animal no había hibernado ni se había transformado; había recorrido miles de kilómetros entre continentes.

La importancia del hallazgo no reside únicamente en su carácter anecdótico, sino en su valor metodológico. Por primera vez, un elemento externo actuaba como marcador geográfico inequívoco. La flecha funcionaba, en términos modernos, como un dispositivo de seguimiento pasivo: vinculaba de manera directa un punto de origen africano con un punto de recuperación europeo. Este tipo de evidencia material introducía una variable completamente nueva en el estudio de la avifauna: la trazabilidad individual.

A partir de ese momento, la discusión dejó de ser filosófica para convertirse en empírica. La migración pasó a interpretarse como un fenómeno biogeográfico, condicionado por gradientes climáticos, disponibilidad de recursos y estrategias energéticas. La cigüeña de 1822 no solo invalidaba la hibernación en el lodo o las migraciones “extraterrestres”; obligaba a replantear el mapa mismo del mundo natural como un sistema interconectado.

El ejemplar, conservado hoy en la Colección Zoológica de la Universidad de Rostock, en Alemania, no fue un caso aislado. A lo largo del siglo XIX se documentaron cerca de 25 casos de Pfeilstörche en lugares como Hamburgo o las cercanías de Berlín, consolidando un patrón repetible. Cada nuevo registro reforzaba la hipótesis migratoria y debilitaba definitivamente las interpretaciones tradicionales.

Este cambio de paradigma tuvo consecuencias directas en la metodología científica. Si un proyectil podía proporcionar información sobre el origen de un ave, era razonable desarrollar sistemas de marcaje diseñados específicamente para ese fin. Así, a finales del siglo XIX, el profesor danés Hans Christian Mortensen (1856–1921), en la localidad de Viborg(Dinamarca), introdujo el uso sistemático de anillas metálicas numeradas a partir de 1899. Con ellas, la migración dejó de ser un fenómeno inferido para convertirse en un proceso cuantificable, susceptible de análisis estadístico y cartográfico.

 

A mediados del siglo XIX, apenas tres décadas después del hallazgo de la Pfeilstorch, la geografía ornitológica ya era capaz de trazar este complejo entramado de rutas transcontinentales. Lo que antes era un vacío de conocimiento llenado por mitos, aquí se presenta como una red científica de corredores biológicos que conectan ambos hemisferios. Grabado de Henry Winkles para el Bilder-Atlas de Johann Georg Heck (Leipzig, ca. 1850). Este mapa representa uno de los primeros esfuerzos cartográficos por sistematizar las rutas migratorias globales tras el colapso de las teorías de la hibernación.

 

En términos de geografía ornitológica, la transición es radical. El espacio aéreo, antes percibido como un vacío entre puntos aislados, se revela como una red de corredores biológicos que conectan regiones tan distantes como Europa central y el África subsahariana. Las aves ya no son habitantes estáticos de un territorio, sino vectores ecológicos que enlazan ecosistemas, transportan energía y redistribuyen biomasa a escala intercontinental.

 

National Geographic: Mapa de  migración de aves, del hemisferio oriental.

 

El fin de los mitos, por tanto, no implica una pérdida de fascinación, sino un desplazamiento del asombro hacia terrenos verificables. La imagen de una cigüeña cruzando el Mediterráneo y el Sáhara con una lanza incrustada en el cuello no necesita adornos: es, en sí misma, una demostración de hasta qué punto la biología puede superar los límites que durante siglos se le atribuyeron. La Pfeilstorch no solo cerró una etapa de especulación; inauguró una forma de entender la naturaleza basada en evidencia, medición y conexión global.

 

sábado, 18 de abril de 2026

Una rascletó se deja ver por el Besòs



No siempre hace falta irse a grandes reservas naturales para encontrar joyas. A veces, la ornitología de primer nivel ocurre al lado de casa, en nuestro Parc Fluvial del Besòs.
Miguel (Micaletjg en instagram)  ha localizado hoy un ejemplar de polluela bastarda (Zapornia parva) en pleno tramo fluvial. Es muy probable que sea el mismo ejemplar que se detectó hace unos días por la desembocadura.
 
Miguel la describe perfectamente: desde la margen opuesta del río Besòs la observa y dice que es como una "bolita de pelo blanco", del tamaño de un patito recién nacido, que aparece y desaparece como por arte de magia. Tras verla un instante, le ha tocado aguantar el tipo más de una hora de reloj hasta que el ave ha decidido confiar en el entorno y volver a asomar entre la vegetación.

Es ese momento de tensión y silencio el que define nuestra afición. La Polluela bastarda ( Rascletó en catalán ) no es una rareza pero solo unas pocas se detectan cada año. 

Desde aquí quiero agradecer enormemente a Miguel el reportaje fotográfico que se ha currado. En un entorno con tanto trasiego como el Besòs, conseguir fotos de un ave tan "fantasmagórica" y esquiva tiene un mérito increíble. Gracias a su perseverancia, podemos disfrutar de este registro de una especie que, aunque está de paso, siempre es un regalo para la vista.

Habrá que seguir atentos a los margenes del río , porque  está dando buenas cita ornitológicas esta temporada.

 


El ave asoma la cabeza desde la densa cortina de carrizos, ese hábitat donde la polluela bastarda se mueve como pez en el agua. La poca luz y el movimiento rápido hacen difícil la captura, pero ya se intuye la forma de su cuerpo menudo

Seguramente busca pequeños invertebrados o larvas. Su postura es baja y sigilosa, muy distinta a la forma de picotear de un pato. Se aprecian las patas, finas y verdosas, perfectas para no hacer ni un solo chapoteo.
Es la postura de sentirse observada o escuchando un ruido. Inmovilizada estira el cuello para otear sin ser vista, confiando en su mimetismo.
 


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📍 Lugar :  Parc Fluvial Besòs - Sant Adrià de Besòs 
📅 Fecha de observación:  18 de abril-2026
🌡️CLIMA : 🌤️ Mayormente soleado (Máx. 23°C / Mín. 15°C)
📷 Equipo foto : Nikon Z8  + Obj. 180-600 mm x 1.4
©️ Todas las imágenes  Miguel JG.