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jueves, 4 de junio de 2026

¿Por qué la grulla coronada se llama Balearica?




El enigma taxonómico de la grulla coronada: ¿su nombre un error geográfico?.

El estudio de la avifauna alóctona en centros de conservación ofrece una oportunidad excepcional para observar especies fuera de su área de distribución natural y analizar con detalle sus características morfológicas. En ocasiones, además, permite descubrir episodios históricos reflejados en la propia nomenclatura científica. La pareja de grullas coronadas negras (Balearica pavonina) del Zoo de Barcelona es un buen ejemplo. Al observarlas surge una pregunta inevitable: ¿por qué un ave exclusiva del África subsahariana lleva en su nombre genérico una referencia a las islas Baleares?
 
La explicación se encuentra en un error de interpretación que ha sobrevivido durante casi dos mil años y que todavía permanece fijado en la taxonomía moderna.
El origen de esta historia se remonta al siglo I d. C. y a la Naturalis Historia de Plinio el Viejo. En su intento de recopilar y describir el mundo natural conocido por los romanos, mencionó un ave de aspecto llamativo que, según las noticias que habían llegado hasta él, habitaba en las Baleares. La denominó avis balearica, asociando así la especie con el archipiélago mediterráneo.
 
Hoy sabemos que aquella atribución geográfica era incorrecta. Diversos estudios sobre las rutas comerciales de la Antigüedad sugieren que estas aves llegaban al Mediterráneo desde el norte de África como animales exóticos destinados a colecciones privadas, regalos diplomáticos o espectáculos públicos. Probablemente, quienes documentaron su presencia confundieron el lugar donde eran observadas o desembarcadas con su origen real.
 
La confusión quedó consolidada en 1758 cuando Carlos Linneo publicó la décima edición de su Systema Naturae, obra fundamental para la nomenclatura zoológica moderna. Basándose en descripciones previas y en ejemplares conservados en colecciones europeas, Linneo describió la especie como Ardea pavonina. Décadas más tarde, el zoólogo francés Mathurin Jacques Brisson (1723-1806) la incluyó en el género Balearica, manteniendo la referencia heredada de los textos clásicos.
 
A pesar de que el error geográfico es conocido desde hace tiempo, el nombre se ha conservado debido al principio de prioridad establecido por el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica. Esta norma determina que el primer nombre válido asignado a un taxón debe mantenerse salvo circunstancias muy concretas. Como consecuencia, el género Balearica continúa recordando una procedencia que nunca existió.
 
La distribución natural de la grulla coronada negra se encuentra exclusivamente en África. Su área de ocupación abarca la franja saheliana y las sabanas del África subsahariana, desde Senegal y Gambia hasta Chad, Sudán y Etiopía. Habita paisajes abiertos compuestos por pastizales, llanuras inundables y humedales estacionales, donde desarrolla un comportamiento principalmente sedentario. Sus desplazamientos suelen estar ligados a las variaciones locales del régimen de lluvias, sin realizar las largas migraciones características de otras especies de grullas.
 
La observación cercana de estos ejemplares permite apreciar diferencias anatómicas notables respecto a la grulla común (Grus grus), especie familiar para los observadores ibéricos por sus migraciones e invernadas. Entre los rasgos más evidentes destacan el penacho de plumas rígidas y doradas que corona la cabeza, las amplias zonas de piel desnuda blanca y rojiza en las mejillas y el iris de tonalidad gris azulada.
 
Sin embargo, la característica más relevante se encuentra en la estructura de sus patas. Las especies del género Balearica poseen un dedo posterior largo y funcional que les permite sujetarse a las ramas y descansar en los árboles. Esta adaptación, única dentro de la familia Gruidae, explica también su tendencia a nidificar en zonas elevadas. La grulla común, por el contrario, presenta una morfología adaptada a la vida terrestre y construye sus nidos directamente sobre el suelo.
 
Desde una perspectiva evolutiva, la grulla coronada negra ocupa una posición especialmente importante. El registro fósil indica que las grullas coronadas representan el linaje más antiguo de las especies actuales de la familia Gruidae. Sus antepasados estuvieron presentes en Europa durante el Mioceno, mucho antes de que las oscilaciones climáticas del Cuaternario restringieran su distribución al continente africano.
 
En la actualidad, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica a la especie como Vulnerable. La transformación de humedales en terrenos agrícolas, la presión ganadera, la captura ilegal y el avance de la desertificación en amplias zonas del Sahel han provocado un descenso continuado de sus poblaciones.
 
Por ello, la presencia de esta pareja en el Zoo de Barcelona, integrada en los programas europeos de gestión y conservación ex situ, tiene un interés que va más allá de la exhibición pública. Estos ejemplares representan uno de los linajes más antiguos de las grullas modernas y recuerdan cómo un error de localización cometido por los naturalistas de la Antigüedad puede permanecer vigente en la nomenclatura científica durante siglos.

Catalán: Grua coronada colllnegra . Español: Grulla coronada negra. 
Inglés: Black-crowned crane. Nombre científico: Balearica pavonina.

El espacio en el Zoo de Barcelona recrea un entorno de suelo blando mediante una cobertura de césped y zonas de tierra con hojarasca, un sustrato idóneo para prevenir problemas en las extremidades de los ejemplares. La inclusión de grandes troncos caídos fomenta el forrajeo natural y la búsqueda de alimento en superficie. El perímetro, delimitado por malla metálica y un denso seto arbóreo, garantiza el sombreado y el aislamiento visual del recinto.
Sin embargo, el diseño presenta limitaciones específicas para las necesidades biológicas del género Balearica. Se echa en falta la presencia de estructuras de percha elevadas o ramas a media altura que permitan a las aves explotar su capacidad anatómica de descanso arbóreo, así como una zona húmeda o charca somera que simule las condiciones de marisma de su hábitat original en el Sahel.

Panel informativo: Registro de los datos biogeográficos y de estatus poblacional de la especie. Catalogada actualmente como Vulnerable por la UICN debido a la presión antrópica y la desertificación en el Sahel, los ejemplares fotografiados se encuentran integrados en el programa del European Studbook (ESB) para la gestión y viabilidad genética de la especie.

La silueta estilizada de la grulla coronada negra recuerda a las grandes grullas migradoras, aunque su comportamiento es mucho más sedentario y ligado a los humedales tropicales africanos.

En reposo, suele mantener una actitud vigilante. Su elevada estatura le permite detectar depredadores y competidores a gran distancia en las sabanas abierta.

Primer plano de la cabeza, donde destacan el iris gris azulado y las llamativas carúnculas rosadas de las mejillas, rasgos distintivos del género Balearica.

Detalle posterior del penacho cefálico. Cada una de las finas plumas modificadas contribuye a formar la característica corona que da nombre común a la especie.

Aunque pasa gran parte del tiempo en el suelo, esta especie conserva una capacidad poco habitual entre las grullas: puede posarse y descansar sobre las ramas de los árboles. La longitud del cuello le permite explorar la vegetación alta en busca de semillas, insectos, pequeños vertebrados y otros recursos alimenticios.
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📍 Lugar:   Zoo de  Barcelona 
📅 Fecha de observación: 9 de diciembre-2025 
🌡️CLIMA : ☀️ Día Soleado, agradable,  (Máx. 17°C / Mín. 9°C) 
📷  Equipo foto : CANON R7 +Obj. 100/400 RF
©️ Todas las imágenes PacoTorres 
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domingo, 31 de mayo de 2026

Geografía ornitológica: Wallace y Sclater


 


 

VII. Las primeras fronteras invisibles: Wallace y Sclater

A mediados del siglo XIX, la cantidad de especies descritas era ingente. El reto ya no era solo clasificarlas según su anatomía (el legado de Linneo), sino cartografiar su distribución. Dos figuras británicas, un ornitólogo de gabinete y un naturalista de campo, revolucionaron esta perspectiva.


La ornitología sufrió una profunda crisis de crecimiento que terminó por transformar por completo la forma de entender la naturaleza. Hasta ese momento, la ciencia de las aves operaba bajo una mentalidad fundamentalmente descriptiva y obsesionada con el inventario, una inercia heredada del sistema de Carlos Linneo. El trabajo del naturalista de prestigio se desarrollaba casi exclusivamente entre las cuatro paredes de un gabinete de historia natural, donde el ave era tratada como un objeto estático. Lo que importaba era la piel seca, el espécimen disecado o el huevo metido en una vitrina. Se medía la longitud del tarso, se analizaba minuciosamente la curvatura del pico o la disposición de las plumas primarias para ponerle un nombre binomial en latín y encajarlo en un cajón taxonómico. Existía la firme creencia de que, una vez catalogadas todas las especies del planeta, el trabajo de la ornitología estaría terminado. Era una visión fija y fragmentada, donde las monografías se limitaban a describir las aves de una región o un país concreto, constatando qué especies criaban o pasaban el invierno allí, pero sin conectar esos datos con el resto del mundo.

Sin embargo, a partir de 1840, este modelo científico se desmoronó bajo el peso de su propio éxito. La expansión colonial y comercial de las potencias europeas provocó un desembarco masivo de información. Los barcos regresaban a los museos de Londres, París o Berlín saturados con decenas de miles de pieles de aves procedentes de los rincones más remotos del planeta. La cantidad de especies nuevas descritas cada mes se volvió inasumible, y los científicos más intuitivos empezaron a comprender que acumular fichas descriptivas no aportaba ninguna luz sobre las leyes de la naturaleza; solo hacía el catálogo más grueso y difícil de manejar. Discutir si una pequeña mancha en el plumaje justificaba una nueva subespecie resultaba estéril si no se explicaba el cuadro general.

Fue en este punto de saturación cuando se produjo el verdadero cambio de paradigma: los naturalistas levantaron la vista del espécimen y del microscopio para mirar, por primera vez, el mapa global. La atención se desplazó de la anatomía pura del individuo a la distribución espacial de las poblaciones. Gracias a la enorme masa crítica de datos acumulados, la ciencia pudo dar el salto de la catalogación a la cartografía, buscando patrones globales que explicaran el porqué de esa dispersión. Las aves, además, resultaron ser el modelo biológico perfecto para liderar esta revolución. Al ser animales muy visibles, con una taxonomía ya madura y, sobre todo, con la capacidad de volar, planteaban un enigma fascinante: si tenían alas para cruzar océanos y cadenas montañosas, ¿por qué sus áreas de distribución se cortaban de forma tan radical en puntos geográficos muy concretos? La ornitología descubrió así que las aves no solo tenían un lugar en el árbol de la vida por la forma de su cuerpo, sino que sus coordenadas en el mapa escondían una ley científica que la taxonomía de gabinete era incapaz de descifrar.


Philip Lutley Sclater, (1829-1913), fue un abogado de formación que terminó convirtiéndose en uno de los zoólogos más influyentes de la era victoriana. Durante sus años de estudio en el Corpus Christi College de la Universidad de Oxford, donde se licenció en matemáticas y clásicos, descubrió su verdadera vocación científica gracias a la tutela de Hugh Edwin Strickland. Él fue el único ornitólogo de la universidad en aquel momento y quien le enseñó la técnica fundamental de la preparación y conservación de pieles de estudio, marcando el inicio de una carrera incansable. 


Sclater combinó durante un tiempo el ejercicio de la abogacía con una actividad institucional abrumadora: fundó y editó durante más de cincuenta años la revista The Ibis, publicación de referencia de la British Ornithologists' Union, y ejerció como secretario ejecutivo de la Zoological Society of London entre 1860 y 1902. Su despacho en Hanover Square se transformó en el epicentro de la zoología londinense, un lugar de paso obligado donde viajeros y naturalistas de campo acudían a entregarle notas y especímenes. A lo largo de su vida, reunió una colección personal de casi diez mil pieles de aves, especializada en la avifauna del Neotrópico, que posteriormente donó al Museo de Historia Natural de Londres. Entre su prolífica obra escrita destacan títulos esenciales como Exotic Ornithology, Nomenclator Avium Neotropicalium, monografías taxonómicas del calibre de A Monograph of the Jacamars and Puff-birds, y la célebre Argentine Ornithology, redactada en colaboración con el naturalista Guillermo Enrique Hudson.

El gran punto de inflexión en la historia de la biogeografía no nació de un intento de cartografiar la fauna general del planeta, sino de un estudio estrictamente ornitológico. En 1858, Sclater leyó ante la Linnean Society un artículo fundamental titulado On the General Geographical Distribution of the Members of the Class Aves, centrándose de forma minuciosa en la distribución de los paseriformes (orden Passeriformes). Eligió este grupo de pájaros cantores de forma deliberada porque presentaban los patrones de sedentarismo y evolución idóneos para reflejar la historia del territorio, evitando el sesgo de grupos como las aves marinas o las limícolas, cuyas distribuciones son mucho más erráticas y cosmopolitas. Al mapear estas aves, Sclater constató una realidad que desmontaba las teorías fijistas de la época: la distribución de las comunidades aviares no dependía de la similitud climática o ambiental de los hábitats, sino de la historia geográfica y el aislamiento secular de las masas continentales.

Esquema original (Schema Avium Distributionis Geographicae) publicado por Philip Sclater en 1858. En este diagrama conceptual, el ornitólogo británico divide el mundo (Orbis Terrarum) en dos grandes bloques evolutivos: la creación del Nuevo Mundo (Creatio Neogeana) a la izquierda, y la del Viejo Mundo (Creatio Palaeogeana) a la derecha, sumando un total estimado de 7.500 especies de aves. Dentro de esta estructura, Sclater introduce por primera vez las seis regiones zoogeográficas basándose en la densidad de especies por milla cuadrada, sentando las bases matemáticas y espaciales de la biogeografía moderna.


 



Para ordenar esta realidad, propuso dividir el planeta en seis grandes regiones biológicas que delimitaban de forma exacta los mundos evolutivos de las aves. La región Paleártica abarcaba Europa, el Norte de África y el Asia templada; la Etiópica se extendía por el África subsahariana; la Indomalaya u Oriental comprendía el sur de Asia y sus islas adyacentes; la Australasiana agrupaba a Australia, Nueva Guinea y Nueva Zelanda; mientras que el continente americano quedaba dividido en la región Neártica para el norte y la Neotropical para América Central y del Sur. Este esquema demostró definitivamente que el clima por sí solo no explica la biodiversidad. Dos regiones con condiciones de temperatura, humedad y vegetación prácticamente idénticas, como las selvas tropicales de la cuenca del Congo y las de la cuenca del Amazonas, albergaban comunidades de aves completamente distintas debido a su prolongado aislamiento histórico. Un colibrí (familia Trochilidae) en el Neotrópico y un suimanga (Cinnyris chloropygius) en la región Etiópica pueden ocupar el mismo nicho ecológico, poseer picos adaptados a la extracción de néctar y presentar colores iridiscentes similares; sin embargo, no comparten un antepasado común cercano con esas adaptaciones, sino que son el resultado de una convergencia evolutiva en dos mundos geográficos independientes que Sclater, a través de sus mapas de paseriformes, consiguió delimitar para siempre.
    
Poco después de que Sclater presentara su división teórica del globo en seis reinos zoológicos, un naturalista de campo británico iba a poner a prueba ese mapa conceptual de la forma más drástica posible: metido en una pequeña embarcación local en mitad del archipiélago malayo. Alfred Russel Wallace (1823-1913) no trabajaba rodeado de las comodidades de los museos londinenses; era un recolector profesional que pasaba años en las selvas de Malasia e Indonesia, cazando, observando y preparando especímenes para venderlos a coleccionistas europeos. En 1856, durante su periplo por las islas de la Sonda, Wallace realizó un viaje aparentemente rutinario que cambiaría la historia de la biología. Zarpó de la isla de Bali y navegó apenas treinta y cinco kilómetros hacia el este para desembarcar en la vecina isla de Lombok. Climáticamente, el viaje no supuso ningún cambio; ambas islas compartían la misma temperatura tropical, una humedad idéntica, el mismo tipo de suelo volcánico y una vegetación casi calcada. Sin embargo, en cuanto Wallace se adentró en los bosques de Lombok con su escopeta de coleccionista y sus prismáticos, se dio cuenta de que había cruzado una aduana biológica absoluta.


El contraste aviar entre ambas orillas era tan violento que parecía desafiar toda lógica. En Bali, Wallace se había familiarizado con una avifauna puramente asiática, dominada por aves típicas de los bosques de la India o Java, como los barbudos de la familia Megalaimidae, los bulbules del género Pycnonotus, los pájaros carpinteros o los coloridos trogones (Apalharpactes). Pero al cruzar ese estrecho canal de agua y caminar por Lombok, todo ese paisaje sonoro y visual desapareció. En su lugar, los árboles estaban poblados por ruidosas bandadas de cacatúas de moño amarillo (Cacatua sulphurea), aves del paraíso, talégalos papúes (Megapodius freycinet) y una inmensa variedad de melifágidos (familia Meliphagidae), un grupo de aves especializadas en consumir néctar que es completamente característico de Australia y Nueva Guinea. Wallace acababa de tropezar, casi sin buscarlo, con la frontera invisible más famosa del planeta, un límite geográfico que hoy conocemos como la Línea de Wallace y que separa de forma nítida la región Indomalaya de la Australasiana.


Lo verdaderamente revolucionario del hallazgo de Wallace fue que intuyó la causa profunda de esta ruptura radical antes de que la geología moderna tuviera las herramientas para demostrarla. A diferencia de Sclater, que se limitaba a constatar las regiones en sus tablas estadísticas, Wallace comprendió que el secreto de las aves de Lombok no estaba en el aire ni en las copas de los árboles, sino en el fondo del océano. El estrecho que separa Bali y Lombok es una fosa marina extraordinariamente profunda. Wallace dedujo correctamente que, incluso durante las épocas glaciares, cuando el nivel del océano descendía drásticamente y unía la mayoría de las islas de la Sonda con el continente asiático formando puentes de tierra firme, ese canal profundo permaneció siempre inundado, actuando como un brazo de mar insalvable. Las aves asiáticas, muchas de ellas de vuelo corto y adaptadas a la densidad del dosel de la selva, jamás se atrevieron a cruzar esos treinta y cinco kilómetros de mar abierto. Las especies australianas, por su parte, colonizaron Lombok desde el este, pero encontraron en ese mismo abismo marino el límite occidental de su expansión. Con la publicación en 1876 de su obra cumbre, The Geographical Distribution of Animals, Wallace no solo validó y refinó el mapa conceptual de seis regiones que Sclater había diseñado originalmente para los paseriformes, sino que consolidó la biogeografía como una disciplina científica madura. Las aves dejaban de ser vistas como meros elementos del paisaje moldeados por el clima actual; ahora eran los testigos más elocuentes de la deriva de los continentes y de la historia geológica de la Tierra.

Mapa original del archipiélago malayo incluido por Alfred Russel Wallace en su obra The Geographical Distribution of Animals (1876). La cartografía detalla las profundidades del lecho marino que aíslan permanentemente las islas. Es en este sector donde se traza la célebre línea de ruptura biogeográfica entre Bali y Lombok, demostrando que la fosa oceánica profunda actuó como una barrera insalvable para la dispersión de las comunidades de aves de vuelo corto, fijando así el límite exacto entre el mundo indomalayo y el australasiano.
 

La Región Paleártica según el esquema de Sclater y Wallace (1876). Este mapa delimita el ecosistema global de una ingente cantidad de aves migradoras terrestres. Obsérvese cómo el límite sur de la región no coincide con fronteras geográficas tradicionales, sino que utiliza accidentes climáticos y geológicos —como el Sáhara al oeste y la cordillera del Himalaya al este— para separar el mundo paleártico de las regiones Etiópica e Indomalaya.

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viernes, 29 de mayo de 2026

Los jóvenes halcones ya vuelan sobre la Sagrada Família.



 
Vuelvo a la Sagrada Família para seguir la evolución de la pareja de halcones peregrinos (Falco peregrinus) que nidifica en el templo:  Los jóvenes ya han saltado del nido. Ahora se mueven constantemente alrededor de las torres, todavía inseguros en algunos vuelos y reclamando alimento a los adultos, que continúan cebándolos sobre los pináculos más elevados. Estas imágenes han sido tomadas en el contexto de un documental sobre la fauna de Barcelona realizado en colaboración entre Concolor Media, Laengengrad Filmproduktion y Terra Mater.

La jornada vespertina la compartí frente a la fachada de La Pasión con David Perpiñán, y  José Antonio S.  que gracias a su magnífico equipo óptico Swarovski, nos permitió seguir cada movimiento con gran detalle desde bastante distancia. 

Durante buena parte de la sesión el adulto fue alternando posaderos en los pináculos de la torre de la Virgen María con la torre del apóstol Jaume el Menor, reconocible por la gran “J”, lugares donde acudía la cría para recibir alimento entre continuos reclamos y vuelos cortos alrededor de las agujas del templo. Se puede diferenciar fácilmente a los jóvenes de los adultos por el plumaje. El volantón observado mostraba todavía el típico diseño juvenil, con estrías verticales oscuras sobre fondo crema en pecho y vientre, dorso marrón con bordes claros en las plumas y tonos mucho más apagados en patas y cera del pico, lejos del amarillo intenso que presentan los adultos reproductores.

Ver a estos jóvenes halcones aprendiendo a dominar las corrientes de aire entre las torres de la Sagrada Familia sigue siendo uno de los espectáculos urbanos más impresionantes que puede ofrecer Barcelona.

 
Collage de imágenes donde se recogen la secuencia de llegada del adulto para alimentar al joven halcón peregrino en el pináculo de la torre de Santiago (Jaume) el Menor a 112 metros de altura.


Vuelo del joven volantón alrededor de la torre dedicada a la Virgen María, donde se posa.
 


Torres de la Sagrada familia, vista desde la fachada de la Pasión, posadero de los halcones peregrinos. 


Vista de la entrada a la caja nido instalada en el templo, actualmente vacía tras el salto de los pollos. Es un comportamiento completamente normal en la especie (Falco peregrinus), ya que estas plataformas cumplen una función estrictamente reproductora para la incubación y las primeras semanas de crianza. Una vez que los jóvenes se convierten en volantones, los halcones pierden el interés por el habitáculo y no lo vuelven a utilizar, ni siquiera como dormitorio nocturno. En esta fase de aprendizaje y durante el resto del año, tanto los adultos como los jóvenes prefieren pernoctar y descansar en repisas abiertas y cornisas altas de las torres que les aseguren una buena visibilidad, dejando la caja desocupada hasta el inicio del próximo ciclo de cría a finales del invierno.


Joven posado en medio de la torre dedicada a la Virgen María (en catalán, Torre de la Mare de Déu).



Adulto y joven.
Halcón peregrino. Falco peregrinus. Falcó pelegrí. Peregrine Falcon.



Posadero del halcón peregrino sobre el pináculo de la torre de Santigo el Menor, y detrás el león que corona la torre de San Marcos.


Adulto despedazando una presa (paloma) para alimentar a su cría.



Otra foto del joven volantón en una de las grúas usadas para la construcción del templo.



Vídeo cortesía de Concolor Media



Torres y grúas del Templo de la Sagrada Familia, hábitat del halcón peregrino.

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📍 Lugar:  Pl. de la Sagrada Familia . Barcelona
📅 Fecha de observación: 28 de mayo-2026
🌡️CLIMA : 🌞 Soleado  (Máx. 31°C / Mín. 20°C) , 1018 hPa. ; HR: 47%
📷  Equipo foto :  Nikon P950
🔗 En este blog : Falco peregrinus  ; Sagrada Familia .
©️ Todas las imágenes de PacoTorres 
 
 


miércoles, 27 de mayo de 2026

Del Carrete de 36 a la Ráfaga Infinita: ¿Fotografiamos Mejor o Solo Más?

La Tortura de la Pantalla . 

Quienes empezamos en esto cuando la fotografía se medía en milímetros de celuloide y no en gigabytes, recordamos perfectamente lo que significaba salir al campo con un límite físico riguroso. Llevabas en la mochila un par de carretes de 24 o 36 exposiciones, y cada vez que el dedo se posaba sobre el disparador, una calculadora mental se activaba instantáneamente.
 
En la época analógica, la fotografía de fauna era un ejercicio de paciencia extrema y, sobre todo, de selección previa. Disparar a ciegas o por probar era un lujo que pocos se podían permitir; cada fotograma costaba dinero real (compra, revelado y positivado) y el sonido del obturador exigía la certeza de que el momento era el adecuado. Lo normal era fotografiar aves posadas, buscando estar lo más cerca posible con las ópticas de la época y asegurando el tiro con foco manual. Si fallabas el foco o el animal se movía en ese instante, no lo sabías hasta que recogías los negativos revelados días después.
 
Hoy, el panorama es radicalmente opuesto. Salimos al campo con tarjetas de memoria capaces de almacenar miles de archivos RAW sin inmutarse. Ya no se dispara foto a foto; ahora la norma es asegurar la acción. Ante cualquier escena mínimamente interesante, la cámara encadena ráfagas de diez, veinte o treinta imágenes en un par de segundos.
 
Cualquier salida rutinaria por la mañana a un humedal se traduce fácilmente en cientos o miles de imágenes en la tarjeta. Hemos sustituido la búsqueda del instante único por la captura masiva de secuencias completas.
 
Para ilustrarlo perfectamente, echad un vistazo a esta secuencia que pude fotografiar recientemente de una familia de somormujos lavancos (Podiceps cristatus) con sus pollos:
 
 
Este mosaico es el vivo reflejo de la fotografía actual. En la época del carrete químico, intentar registrar paso a paso el movimiento de los adultos con las crías, sus aproximaciones al carrizal y las interacciones entre ellos habría supuesto gastar un carrete entero en apenas unos minutos. Hoy, nos podemos permitir el lujo de captar la escena desde que entran en juego hasta que se ocultan en la vegetación.
 
Técnicamente, la abundancia digital es una bendición. Conseguir el milisegundo exacto en que un pollo estira el cuello para recibir la ceba de su progenitor, o el instante en que dos adultos se cruzan en paralelo, es hoy mucho más viable. Negar esto sería absurdo.

 


La ráfaga te asegura que captas el ojo del ave perfectamente nítido y sin parpadeos, registrando a la vez el detalle de los polluelos con su característico plumaje rayado.

 


Lo mismo ocurre cuando se desplazan pegados a la orilla La velocidad de disparo te permite elegir el encuadre donde la composición entre el carrizal, el adulto vigilante y las crías en fila india sea la más equilibrada.

Sin embargo, este buffet libre de imágenes no ha eliminado el esfuerzo, simplemente ha trasladado el trabajo del terreno al ordenador

Antes: El filtro se hacía antes de disparar. El fotógrafo descartaba con el ojo y la cabeza. El descarte era previo.

Ahora: El filtro se hace después, frente a la pantalla. Llegar a casa con decenas de fotos idénticas de la misma secuencia —como vemos en el plano corto de los adultos con la prole en somormujo lavanco con pollos para acabar guardando solo una o dos es la rutina habitual. 
 
El trabajo de campo se ha aligerado, pero las horas de criba y edición delante de la pantalla se han multiplicado de forma exponencial.


Con tanta tecnología, da la sensación de que dependemos demasiado de la estadística: si disparo doscientas fotos, alguna tendrá que salir bien. Pero la realidad es que la velocidad solo captura lo que tú pones delante del objetivo.
 
Por muy rápida que sea la ráfaga de una cámara moderna, si no conoces los comportamientos, hábitos, costumbres de las especies, si la cámara no está bien configurada con los parámetros adecuados (velocidad, ISO, obturación)  acabamos volviendo a casa con miles de archivos inservibles en lugar de un puñado de fotos que merezcan la pena. Desde el año 2000 estamos plenamente instalados en la era digital, pero las reglas básicas no han cambiado tanto. La tecnología pone la cantidad y la velocidad; el fotógrafo sigue poniendo el ojo y el criterio técnico.
 
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📍 Lugar:   Delta del Llobregat. El Remolar-Filipines
📅 Fecha de observación: 26 de mayo-2026
🌡️CLIMA :  🌞 Día  soleado  Temp. Máx. 28°C / Mín. 17°C , 1025 hPa. HR: 50%
🔗 Link en este blog : Podiceps cristatus
📷  Equipo foto : Nikon P950
©️ Todas las imágenes  PacoTorres