La escena se concentraba junto a una de las orillas pedregosas que quedan completamente expuestas cuando el Besòs baja sin crecida. Entre los cantos rodados se forman pequeñas balsas someras donde se acumula actividad constante: peces pequeños, invertebrados y, detrás de ellos, toda una cadena de depredadores.
Allí coincidieron tres ardeidas distintas compartiendo apenas unos metros cuadrados. Una oportunidad excelente para comparar comportamientos y morfologías en condiciones muy cómodas de observación.
La garza real (Ardea cinerea) dominaba el sector más profundo con la tranquilidad habitual de la especie. Apenas unos movimientos lentos de cuello y pequeños reajustes de postura mientras vigilaba el agua desde una posición elevada entre los guijarros. Cerca de ella, varias garcetas comunes (Egretta garzetta) rompían completamente esa quietud mediante un forrajeo mucho más activo, recorriendo la lámina de agua a pasos rápidos y removiendo el fondo con las patas oscuras. Bajo la luz difusa del cielo cubierto destacaban especialmente los detalles del plumaje nupcial: las finas plumas de la nuca agitadas por el viento, el pico negro afilado y los inevitables “calcetines” amarillos contrastando sobre el pedregal húmedo.
La observación más interesante de la mañana fue, sin duda, la garcilla cangrejera (Ardeola ralloides). Mucho más discreta y compacta que las anteriores, aparecía prácticamente mimetizada entre los tonos ocres de los cantos rodados secos de la orilla. El cuello listado y el dorso tostado rompían el patrón visual dominante de blancos y grises del resto de ardeidas. A ratos permanecía inmóvil durante varios minutos y, de repente, avanzaba unos pocos pasos cortos para inspeccionar otra zona de la balsa.
Mientras tanto, en un plano completamente distinto del mismo escenario, un chorlitejo chico (Charadrius dubius) recorría el pedregal mediante sus típicas carreras rápidas seguidas de frenazos bruscos, buscando pequeños invertebrados entre los limos expuestos. Mucho más difícil de seguir visualmente que las garzas, desaparecía constantemente entre las piedras hasta volver a delatarse por el movimiento.
Una mañana sencilla, sin grandes rarezas ni escenas espectaculares, pero precisamente por eso muy representativa de lo que ofrece el Besòs cuando se observa con calma. Luz suave, río bajo, poca presencia humana y varias especies compartiendo espacio en un rincón de cantos rodados que, una zona que en jornadas más concurridas suele quedar bajo dominio de Canis lupus familiaris y los obedientes Homo sapiens que los acompañan.
| Garza real, garcetas comunes y garcilla cangrejera concentradas en apenas unos metros cuadrados de cantos rodados del Parc Fluvial. |
| La ausencia de crecida deja completamente expuesto el lecho de cantos rodados, creando pequeñas balsas someras muy aprovechadas por limícolas y ardeidas |
| El chorlitejo chico (Charadrius dubius) recorría el pedregal mediante rápidas carreras y paradas bruscas en busca de pequeños invertebrados. |
| La nota tranquila la puso una pareja de ánades azulones (Anas platyrhynchos), desplazándose lentamente por la corriente principal sin demasiada preocupación por el resto de especies. |
| Los tonos ocre-tostados del dorso de la garcilla cangrejera le ofrecen un buen mimetismo. |
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