Recientemente he recibido una fotografía que han tomado mi hija y su marido durante su viaje por Japón, en un puesto de comida del conocido mercado de Nishiki, en pleno corazón de Kioto. Como conocen bien mi afición a la ornitología y la observación de campo, no dudaron en inmortalizar la escena y mandármela. El impacto al ver la imagen fue doble: por un lado, la crudeza visual de lo expuesto; por otro, un error de identificación monumental en la propia cartelería del puesto que a un ojo habituado no se le podía pasar por alto.
En el mostrador del mercado, dispuestas cuidadosamente sobre una rejilla metálica, se exhibían varias brochetas de pequeñas aves paseriformes enteras, asadas al carbón y maceradas en salsa oscura. El reclamo turístico del puesto lo anunciaba en inglés de forma bastante explícita: “SPARROW CHALLENGE!!”.
Para situarnos en contexto, conviene recordar que en la avifauna del archipiélago japonés el gorrión molinero (Passer montanus ssp saturatus) ocupa el espacio que en Europa se reparten el gorrión común y el propio molinero. Al no existir allí el Passer domesticus, el molinero es el rey absoluto de los entornos urbanos y agrícolas, dominando desde parques y templos céntricos hasta los grandes campos de cultivo. La venta de estas brochetas —conocidas tradicionalmente como suzume-yaki— no es ninguna ocurrencia moderna para el visitante incauto, sino una costumbre rural con raíces históricas muy consolidadas. Durante siglos, las densas bandadas de Passer montanus se consideraron plagas verdaderamente destructivas en las zonas arroceras durante la fase de maduración del grano. Su captura masiva mediante redes en los campos permitía proteger la cosecha y, al mismo tiempo, aportar una valiosa fuente de proteína animal. En Kioto, y muy especialmente en torno al santuario de Fushimi Inari o en las estrechas galerías de Nishiki, este plato terminó consolidándose como una oferta ligada a los propios ritos agrícolas de protección de la cosecha.
Sin embargo, lo más llamativo de la foto para cualquiera que examine la escena con criterio taxonómico no son solo las aves ensartadas, sino la fotografía decorativa que han colocado en la parte superior del cartel. Quien diseñó la cartelería del puesto probablemente buscó en internet la palabra inglesa “sparrow” para ilustrar la venta y descargó la primera imagen en alta resolución que encontró, cometiendo un despiste geográfico y sistemático monumental.
Si nos fijamos en la foto de la cabeza del gorrión, destaca con absoluta nitidez una mancha amarilla muy viva entre el pico y el ojo, flanqueada por listas superciliares blancas y un capirote bien marcado. No se trata de ningún Passer asiático ni europeo; la especie retratada es un gorrión de garganta blanca (Zonotrichia albicollis), un emberízido estrictamente norteamericano que nada tiene que ver con la fauna del Extremo Oriente. Es la gran paradoja de la publicidad frente a la biogeografía: anunciar la venta de un paseriforme local (Passer montanus) ilustrándolo con la fotografía de una especie neártica que nidifica a miles de kilómetros de distancia.
Quienes disfrutamos observando a estas pequeñas aves en el campo, atentos a sus pautas de comportamiento en matorrales o zonas de vegetación ribereña, sentimos un inevitable choque al verlas reducidas a la inmediatez de un mostrador de mercado, servidas enteras con cabeza y osamenta. La ornitología y la geografía nos enseñan a examinar la realidad con objetividad: cada cultura ha moldeado su relación con la avifauna en función de sus necesidades históricas y su entorno. Lo que para un aficionado europeo es una especie cotidiana en los paseos de observación, en un puesto de Kioto sigue siendo el antiguo azote de los arrozales transformado en bocado rápido, acompañado, eso sí, de un curioso e insólito despiste de identificación fotográfica.
Foto: Marcos R.
Dibujos: Paco Torres
Fecha: Octubre-2026
Fecha: Octubre-2026



